jueves, 5 de agosto de 2021

Plenitud y vacío

La playa está llena, con cientos de voces simultáneas que se funden como en una sinfonía con el canto de las gaviotas y el bajo continuo de la mar. Esas ondas, constantes, dulces, que acarician las rocas y llenan el aire de pequeñas gotas que lo perfuman con el más dulce de los olores (al menos para los que somos hijos del Cantábrico).

Es un contraste poético poder ver tanta plenitud, tanta alegría al ver el cielo azul y al mismo tiempo pintado de nubes grises que en ocasiones parecen querer descargar sobre nosotros, enturbiando esta perfección estival.

Es otro contraste el ejercicio introspectivo de ver uno de los momentos más dulces que recuerdo en mi vida, una galaxia de sueños cumplidos siendo amenazada por un agujero negro, de esos que tragan toda la materia e incluso la luz. Sí, soy feliz, pero me falta algo.

Soy perfectamente consciente de que no existe la plenitud en esta vida, y que todo consiste en aceptar las cosas buenas (y mi alegría surge precisamente de eso mismo). Pero ¿qué hay de esos anhelos, de esos sueños, de esas alegrías compartidas? ¿Qué hacer cuando no te sientes ni de aquí, ni de allí? ¿Cómo reaccionar cuando la soledad que tanto aprecio deja de ser un bálsamo para pausar el mundo y se convierte en un fantasma que te devora por dentro?

Pero no os confundáis. Para mí existe la alegría, existe la plenitud. La tengo en solitario y la tengo con amigos. Pero aún me falta esa constante, esa persona que lea este texto, me comprenda y sepa que todos somos luz y oscuridad, y que soy perfectamente capaz de volver al gris, tras haber mostrado un atisbo de mi lado oscuro durante los peores días de mi vida. Quien es capaz de escuchar mis miradas, ver dentro de mis sueños, acariciar con palabras. Ese ser con quien compartir esta luz que tanto me dicen que desprendo.

Hoy la playa seguirá llena de vida y adornada con su música estival, para dentro de unas semanas dar paso al silencio y luces mortecinas del otoño y más adelante unir en un solo ser al frío, rugidos y furia del invierno. Tras ello siempre volverán la vida y la paz primaverales. 

Pero como siempre, y gracias al cielo volverán de nuevo esos sueños estivales, en los que nos deslizaremos con las dulces corrientes, mientras flotamos en un mar de rayos dorados, puesto que la vida es mucho más que un sueño, aunque la mía en el día de hoy sólo quiera soñar con estíos de antaño, que aún hoy se antojan inmejorables.

Esa dulce, única razón.

sábado, 24 de julio de 2021

Una noche más

A sus más de 30000 noches de vida lo recordó claramente, como si hubiese ocurrido el mismo día.

Cerró los ojos, sintió de nuevo el aroma y calidez de aquella piel tersa y blanca. Sintió la humedad, el calor y la dulzura de aquellos besos. Una noche, una fecha que recordaría cada año de su vida. 

Algunos dirían que tras una larga vida podría considerarse una noche más. Cuando cerró los ojos en la que sería su última noche en este mundo se quedó deseando regresar a aquella playa, para bañarse junto a ella bajo las estrellas. Para volver a olerla, sentirla y besarla cada noche como si fuese la última. 

lunes, 5 de julio de 2021

Dando vueltas al Sol

Hoy es 5 de julio. Precisamente hoy, he terminado una vuelta al Sol muy especial, cuyo punto de origen no se encuentra relacionado de ningún modo con eventos astronómicos particulares, como el perihelio o el afelio.

Una vuelta al Sol, sí: esa cosa tan natural que nuestro planeta lleva miles de millones de años haciendo, y que nosotros dividimos en 365,256 rotaciones sobre el eje terrestre. Lo que viene siendo un año; y que analizándolo veo que ha estado marcado por muchos más hechos notables de los que me esperaba:

  • He visto cometas, lluvias de estrellas, la Vía Láctea, un eclipse parcial de Sol y otro de Luna.
  • He visto lobos, osos, corzos, jabalíes, venados, martas, ginetas, murciélagos, calderones, delfines, congrios, tiburones y cientos de aves y peces cuyas especies aún no soy capaz de distinguir.
  • He buceado, de día, de noche, en cuevas, a bastante profundidad, entre calamares, entre pulpos, en praderas de algas, sobre rocas, bajo rocas, con frío o con calor.
  • He comenzado y terminado un máster, y me ha ido bastante bien.
  • He conseguido un trabajo de ensueño, aquello por lo que he luchado siempre.
  • He perdido a una de las personas que más quería, mi abuela.
  • He amado con locura, pero por primera vez con total cordura.
  • He viajado y mostrado mis lugares más especiales.
  • He hecho tantas cosas, que condensando estos 365 días me parecen mucho más que un simple año.

Y a pesar de todo ello, lo que más me ha marcado de este año es saber una cosa: 

Desde hace 365,256 días el universo me parece algo increíble y completamente diferente, tan sólo por saber que existes.

lunes, 28 de junio de 2021

Ocho

 Hasta aquí me trae el haber mirado el reloj y comprobado que es 28 de junio. Quizá haber tenido una noche tan extraña como la de ayer sea el augurio de que hoy es un día especial. Como lo fue el año pasado. Como lo fue el anterior. Y así hasta hace ya tanto tiempo. Ya no se trata de una fecha compartida, sino de algo personal, de un cambio de rumbo (de esos que tanta falta nos hacen y pocos saben apreciar o reconocer)

La concatenación de rarezas comenzó buceando por primera vez sin luz, en un mundo alienígena y sintiendo una de las mayores conexiones de mi vida con el medio, y es que ir a proa (como siempre hago) tiene una ventaja: estás mirando hacia un horizonte tan oscuro que se funde con el cielo nocturno, y que me hizo dudar si estaba saltando al agua o al infinito interestelar. Plancton, alevines, miles de calamares de apenas dos centímetros, especies que nunca antes había visto en su medio natural estaban nadando a nuestro alrededor dándonos la bienvenida a su mundo. Toda una cura de humildad para estos tiempos en los que todo lo desconocido nos supone una amenaza. Donde todo lo diferente, lo que no encaja con nuestra forma de ser nos ofende.

Quizá esa meditación subacuática propició la segunda parte de las rarezas de hoy: soñar con que me enamoraba a simple vista de una chica invidente, a la que, tras decirme "lo veo claro" yo le contestaba "lo esencial es invisible a los ojos, pero se ve con el corazón". ¿Qué es lo esencial para mí? ¿Qué está viendo mi corazón ahora mismo, sino un manto de oscuridad que sólo se ilumina por mi foco, por mi atención? Parece que por fin he dejado de ver un falso funcionamiento en este mundo, y aprecio el poder del caos que nos envuelve. Todo, absolutamente todo es caos. Y es fabuloso aceptarlo. Quizá la ceguera de la que me enamoré fue aceptar la realidad de que las cosas no son como las vemos, sino como realmente son, sin filtros, sin etiquetas, sin experiencia previa (mala consejera).

La tercera cosa rara fue despertarme con unos extraños ruidos procedentes de una caja del pasillo. Recordé al pequeño gorrión que rescaté ayer (tras verlo golpearse con un cristal dos veces) que, totalmente recuperado tras su contusión pedía volver a volar. Abrí la caja en la ventana, y salió tan feliz, como si nada le hubiese pasado. Qué símil más bonito para terminar una noche tan iniciática... Saberte curado, sano, entero y pedir volar. Aunque llueva. Aunque haga frío. Porque te conoces tanto que aceptas todo lo que te traiga el presente, y sabes que, la oscuridad tiene su punto terapéutico: volver a la matriz, recomponerte y alzar el vuelo muy alto. Para fundirte con las estrellas, a las que puedes llegar haciendo un salto de fe hacia las aguas más oscuras.

Y hace ocho años comprendí el poder del increíble valor de los saltos de fe: si te asusta, si puede salir peor que mal, si es algo que puede incluso llegar a destruirte... obsérvalo. Siéntelo. Siéntete. Todo en la vida puede encajar en esta descripción, y en la mayoría de los casos son tus miedos los que te hacen pensar todo ese mal.

Y si eres capaz de aceptar tu miedo. Si a pesar de todo el riesgo la posibilidad de volar hace que sientas fuego en tu vientre no dudes y salta. Es la manera de sentirse totalmente vivo.

Gracias por enseñármelo.


Esta es para mí la banda sonora del Cabo Vidio

lunes, 17 de mayo de 2021

Aquí seguimos

Sigue la vida, siempre adelante.

Siguen los sueños de verano, las noches estrelladas.

La arena entre mis pies, la mar fría, la suave brisa. 

Sigue el canto de las cigarras, el concierto nocturno de los grillos. 

El trino infinito de los pájaros bendiciendo una nueva primavera. 

Sigo aquí, sigues ahí. ¿Aún te acuerdas? No lo sé, pero quiero pensar que sí.

Sigue esa atmósfera mágica de tardes de verano, prolongándose hasta bien entrado el otoño.

Sigue todo, y nada es igual. Es la magia del tiempo: donde ayer traía muerte, hoy trae vida. Es la hermosura de lo cíclico, la perfección donde reside la paz absoluta de cuerpo y mente.

Que siga todo adelante, que el ciclo se cierre y se vuelva a abrir de nuevo. Otra vez más.

viernes, 16 de abril de 2021

El amor en los tiempos de la COVID19

 Son malos tiempos para la lírica, tanto por que si cualquiera se pone a cantar sin mascarilla es fusilado como porque parece que la música no suena tan viva. O directamente ni suena.

Parece que no somos nosotros. Parece que no "presta" tanto salir, ahora que no existe la noche. Parece también que todo se va a acabar mañana y que no merecen la pena el esfuerzo ni el compromiso. Curiosamente la falta de certidumbre sobre el mañana, sobre el futuro debería ser un catalizador que hiciera que viviese mi vida como si la muerte me esperase en cualquier esquina. Pero será mi salud de hierro, o un pasotismo absoluto que hacen que no disfrute de las "danzas macabras" como nuestros antepasados hacían durante la Peste Negra en la Edad Media, viviendo al día, sabedores de que esto se acaba. Parece que la música no suena tan viva. Y cuesta trabajo escucharla, aunque parezca que quiera empezar a subir de volumen.

No, lo de las danzas macabras no es coña ni invención mía

Parece también que el amor se resiente de esa falta de música, quizá provocada por tener mi oído demasiado cerrado, los dedos atrofiados (¿por tanto tiempo en el frío?), incapaces de interpretar mi propia música, como solía hacer antaño. Tanto el amor propio como el que sentimos por otros. Pese a que exista la certeza de que todo pasará lamento ver que el amor no es cosa fácil en los tiempos de la COVID19. Simplemente el túnel parece no acabar. Y me queda el tirar hacia adelante como un burro, por pura terquedad y resiliencia.

Aunque no todo está perdido. Sé que nada sube ni baja de forma constante, y todo es cuestión de esas pequeñas olas, esos pequeños altibajos que sumados construyen otras mayores. Períodos de bonanza con sus pequeños "peros", y períodos malos con sus pequeños pros haciendo en conjunto que nuestras vidas parezcan un paisaje serrado. Es justo en momentos así, cuando aprecio el carácter cíclico de la existencia que la mejor maestra que tenemos, la naturaleza, me recuerda que las estaciones son un perfecto eco de nuestras vidas. 

Nacemos en primavera.

Vivimos en verano.

Sentimos nostalgia, pero apreciamos la grandeza de la vida y de lo vivido hasta el momento en otoño. 

Y morimos (¿morimos?) en invierno. Pero tras mis años en el país del invierno eterno he aprendido que durante el invierno no se muere realmente. En el invierno, en todos los inviernos de nuestras vidas nos recogemos. Pensamos. Aprendemos. Nos curamos. Sí, de eso se trata el invierno. 

Como el roble que pasa meses desnudo, pero hoy explota de alegría vestido de miles de diminutos botones verdes, los cuales en tan sólo unos días se convertirán en un traje de hojas que le darán nueva vida. Que le ayudarán a dar sombra en verano, y cuyos colores cambiarán al noble dorado, al pasional rojo durante el otoño, para finalmente morir y caer cuando ya esté cerca el invierno. 

Ese invierno que siempre volverá, como vuelve la primavera, y como vuelven el verano y el otoño. Quizás la clave de la supervivencia del amor en los tiempos de la COVID19 sea ganar conciencia sobre qué hacemos, sobre dónde estamos, sobre qué estación alberga nuestro corazón. Y si falta una primavera que nos atragante el verano y haga que el otoño más bonito que hemos vivido termine abruptamente con el invierno pues capeémoslo como buenamente podamos. Que a la muerte también se la puede celebrar como prólogo de la vida. Comprendamos que todo es un ciclo, todo es un corro: como el tipo de baile más ancestral de Asturias, nuestras "Danza primas". 

Bailemos unas "Danzas Macabras" celebrando que el tiempo de la muerte se acaba algún día, y la próxima primavera será más verde que nunca.

Este tema, publicado originalmente en el disco "Almas de Fisterra" se titulaba "Danzas Macabras", aunque aquí se titule "Tro Breizh". Fue mi banda sonora durante mi primer curso en la Facultad de Geología. Creo que escuché ese álbum cada día en el bus hacia Oviedo durante un año entero...

martes, 30 de marzo de 2021

Palabras

Palabras

Centellean en mi mente, hacen que mis dientes rechinen al querer expresarlas. Pero me las trago.

Se agolpan en mi pecho, me quitan el aire, me aprietan el corazón. Pero me las trago.

Palabras dulces, palabras amargas. Palabras, sólo palabras.

Pero qué odioso poder tienen. Capaces de romper imperios, desatar tormentas o causar muertes, pero también de calmar, crear vínculos y curar. Sí, pueden curar.

Curan al escucharse, pero eso no depende de uno. Curan al decirlas, y en eso sí que tenemos cierto poder.

Tan sólo quiero que salgan de mis labios, lleguen a tus oídos y que muevan, que toquen la más profunda de tus fibras. Que una concatenación de sonidos susurrados en tu oreja, de esos que hacen que se te erice el vello, aceleren el corazón y pongan nuestros sentidos en la más dulce de las alertas.

Que se transmitan por mis dedos, dando frenéticos saltos sobre este teclado, y se conviertan en señales eléctricas, que a su vez se volverán ceros y unos, que serán de nuevo convertidos en señales eléctricas, que se volverán ceros y unos, y finalmente señales eléctricas que harán que se iluminen ciertos píxeles en la pantalla de un móvil o un ordenador. Y espero iluminen alguna sonrisa.

También espero que no nos constriñamos a ningún canon, a ningún patrón prefabricado y que vuelen entre nosotros como hacían sin temor alguno. Y si esperar es demasiado, espero oír palabras mágicas, de esas que crean imperios, calman tormentas y resucitan hasta a los muertos. De esas que calman, unen y curan. No depende de mí, es cierto. Esperar algo no es sabio, y lo sé de sobra. Así que tendré que decirlas yo, y quizá así curarme.

Pero eso, aunque sean sólo palabas tienen demasiado poder las muy condenadas. Que fluyan.

domingo, 14 de marzo de 2021

El canto del cisne

Somos una especie ruidosa, habladora (a veces más de la cuenta), que ha olvidado la importancia del silencio y del disfrute de la música que la naturaleza nos brinda. Y cuando conseguimos conectar con dicho silencio entonces la escuchamos: nuestra música interna.

Es una pequeña melodía que nos acompaña a lo largo de la mayoría de momentos trascendentales de nuestra vida, y que quiero pensar ruge con fuerza en nuestro interior momentos antes de un cambio realmente importante.

Cuenta la leyenda que el cisne, ave caracterizada por emitir pocos sonidos a lo largo de su vida, canta la más hermosa de las canciones momentos antes de morir.

Si cierro los ojos veo un campo de ceniza en el que suena una suave melodía al compás del viento y del cercano mar. Una melodía silenciosa, que habita dentro de una persona externamente dicharachera y abierta. 

Una melodía que se va apagando, quizás como preludio a una serie de cambios que creo se avecinan a mi vida. La pequeña melodía que, al llegar dicho momento, y como en la muerte del cisne rugirá con fuerza de nuevo.

Tan sólo quiero fuerzas para no dejar de escuchar esa música...

Abraham.

James Ward - "Dying Swan" ca. 1817

lunes, 15 de febrero de 2021

¿Qué es el miedo?

Cuenta una versión de una leyenda griega que el héroe Teseo, hijo del rey de Atenas se embarcó voluntariamente hacia la isla de Creta para ofrecerse como ofrenda al Minotauro, monstruo mitad hombre mitad toro que habitaba en un laberinto bajo el palacio del rey Minos, y al que anualmente se debían ofrecer siete jóvenes y siete doncellas como sacrificio. Pero nuestro héroe tenía otra idea en mente: asesinar a tal abominación. Al llegar a Creta, se enamoró de la princesa Ariadna, la cual le dio un ovillo de lana como vía de escape del laberinto. La idea era que tras atar su extremo a la entrada del laberinto y adentrarse en el mismo fuese capaz de usar la línea extendida para encontrar la salida una vez derrotado el monstruo. El plan salió bien, se aferró al hilo de Ariadna y tras vencer y escapar se fugó junto a su amada princesa.

Pero la entrada de hoy no va de mitología clásica (que me encanta, por cierto), sino que esta historia (real) tuvo lugar hace una semana, no en la hermosa Grecia, sino en una cabaña perdida en el monte en el concejo de Caso, Asturias.

Tras acabar la cena les pregunté a mi hermana y a su amigo si querían venirse conmigo a dar un reconocimiento rápido por los alrededores de la cabaña. Llevábamos varios días viendo rastros sospechosos: huellas, excrementos, incluso heridas sobre un burrito que nuestro amigo tiene.
Prefirieron quedarse en casa, lo cual me parecía bastante normal con el cansacio de todo el día, pero yo, feliz de mí preferí salir. Sentir la adrenalina. Me llamaréis temerario, pero creedme: tenía plan b en forma de un coche abierto a diez metros de mi posición final.

Me calcé las botas, cogí mi pequeña linterna (que, tras esta experiencia ha sido relegada a plan b, y sustituida por un frontal de 2000 lúmenes) y un buen cayao, por si las moscas. La noche estaba fresca, sin luna, sin estrellas apenas (sólo con la corona rasa, así que "esperando la nieve na casa"). Mis botas se hundían en un barro recién ablandado por el continuo orbayar del día, y a veces amenazaban con hacerme resbalar. Me dirigí al generador, tiré del estrangulador y giré la llave del contacto para apagarlo del todo. Ya con el silencio al que dejó paso el ronroneo del motor de combustión seguí mi marcha, sintiendo cada paso. Suave, embarrado. Sin más ruidos que mis pisadas. Sin perros a mi alrededor (qué raro... se habían metido ellos solos a la cuadra). 

Seguí avanzando una decena de metros, y con cuidado abrí la cancilla de la finca donde está la cabaña en la que me quedaba. Bajé la luz al máximo, tapando el frente del haz para que sólo iluminase mis pies y me dejase hacerme a una oscuridad casi absoluta. Llegaba la última cuesta: unos cinco metros de piedra y barro, en los que me esmeré al máximo por mantener mi luz lo más escondida posible, y mis pasos prácticamente inaudibles, camuflados por el murmullo del río que bajaba cargado por el deshielo. Al llegar a la valla del cercado del burrito respiré hondo. Sabía que no vería nada. 

Pero no. Algo había.

Iluminando hacia la izquierda dos pares de ojos devolvieron el haz de la linterna. Luego otro par. Luego otro. Me esforcé por adaptar mi visión en reconocer la posición de los ojos: visión periférica, ojos laterales = bien, presa. Pero visión estereoscópica, ojos al frente = mal, depredador. Y cinco pares de ojos de depredador me observaban, agazapados en la hierba. Seguramente ellos sintieran más miedo que yo, pero creedme: mi mano izquierda comenzó a temblar, alimentada por el chute instantáneo de adrenalina que me pedía salir corriendo. 

Y es ahí donde conocí al miedo. Donde en vez de huir de él decidí plantarle cara. Donde supe que si corría, sería una presa más (con el seguro del coche sin cerrar a diez metros, of course). No. Esta vez quise hablar con el miedo, al igual que he hecho en otras ocasiones (básicamente, en cada inmersión este verano... sobre todo en la última con visibilidad cero).

Mantuve mi foco firme, desafiante. Intenté ver siluetas, pero sólo percibía cinco pares de ojos que me observaban, quietos, agazapados por la sorpresa. De pronto uno de ellos, el de la derecha del todo se levantó tranquilo, giró y subió por una linde del camino hacia la derecha, cruzando el prado monte arriba. Con su ida y la del resto del grupo pude ver el perfil y la increíble cola y porte del lobo ibérico por primera vez en mi vida. Y con su marcha se fue el miedo y se quedó el agradecimiento por la lección aprendida. Porque aprendí algo muy valioso.

Había un pequeño hilo rojo, una línea de vida imperceptible dejada por Ariadna, que me hizo seguir avanzando en aquel laberinto plagado de terrores, que mi mente sola generaba. Que trataba de hacerme ignorar las cosas que he aprendido a lo largo de los años. Pero esta vez preferí abrazarme a ese regalo de la vida y confiar en que todo saldría bien si hacía las cosas como sé.

Y el regalo de los lobos fue darme cuenta de que, frente a cualquier monstruo, real o irreal siempre existe un hilo que hemos dejado a lo largo de nuestra existencia, que podrá estar sucio, enredado o incluso a punto de romperse, pero que está ahí. Siempre. Sólo hay que respirar profundo, confiar en él y saber que tarde o temprano lograremos salir del laberinto tras haber derrotado al miedo. 
Que al fin y al cabo es tan sólo un sentimiento que bien entendido nos mantiene fuertemente aferrados a la vida.




martes, 2 de febrero de 2021

Querida niña de los ojos alegres:


Hoy celebramos algo más que el hecho de que la Tierra se encuentre (más o menos, obviando los bisiestos) en el mismo punto de su órbita que cuando llegaste a este mundo. En estos tiempos tan oscuros tenemos que celebrar que, pese a todo, seguimos aquí, luchando contra viento y marea, disfrutando de todas las cosas buenas que este, nuestro mundo nos ofrece. Es nuestro deber, celebrar por todos aquellos que ya no nos acompañan, y por encima de todo, por nosotros mismos (doble celebración, doble alegría).


Celebro este día porque el hecho de llegases a este mundo me ha permitido conocer a uno de los seres más especiales con los que he tenido el privilegio de cruzarme en todas las vueltas al sol que he vivido, y aunque se me hiciese breve, te prometo que ese tercio de vuelta compartido contigo no se irá jamás de mi memoria.


Pero volviendo al grano, hoy celebro que estás aquí, porque con eso, y sin hacer nada logras que vea el mundo de otro color. Sepa que aún queda gente maravillosa por la que merece la pena dejar la comodidad y bajar a tomar (tarde) un café. Saber eso me reconforta más que nada, porque me da ganas de seguir, ganas de mejorar, de luchar, de perfeccionarme. Celebro tu vida, celebro que te quedan miles de amaneceres en los que, como en un lienzo en blanco, puedas pintar cada día de los colores, formas y texturas que te plazca. Que puedas rellenar la partitura de la rutina con la melodía de tu voz, haciendo acordes junto a tantas personas que te quieren (queremos). Celebro que, aunque tú no lo sepas, eres puro arte. Una hermosa conjunción de química, células, órganos, sentimientos, alma y ese algo que te hace ser mágica a mis ojos. En resumen: celebro la magia que te envuelve.


Aunque el momento no esté para celebraciones físicas (ya estoy harto de este maldito contexto que todo lo arruina) hoy mi corazón es una fiesta en tu honor. Hoy me salto todas las restricciones, ignoro todas las malas noticias, olvido todo lo malo vivido en los últimos meses y vuelo para celebrarlo contigo, como te mereces. Querría haberte dicho estas palabras al oído, mirarte a los ojos y ver una sonrisa dibujarse en tu cara. En serio que quería poder regalarte una sonrisa cada día, poder pintarte mil carcajadas, pero no pudo ser. Sólo quiero que tras releer esto, si es que lo haces mis palabras lo consigan.


Feliz cumpleaños




Añado: aunque esa sonrisa triste del pasado no sea la característica que mejor te defina, sí que hay una que lo hace. Eres la persona más capaz del mundo de sonreír con la mirada. Aquellas primeras fotos que vi de ti me lo demostraron. La mascarilla cubre tu sonrisa, pero el brillo que alcanzan tus ojos hacen que se le alegre la vida a cualquiera que los mire. Gracias por tantas miradas cargadas de alegría. Gracias, por todo.
Siempre tu principito.

sábado, 2 de enero de 2021

El niño que miraba a las estrellas

 Siempre me ha gustado mirar a las estrellas.


Recuerdo que de niño, en uno de los campamentos organizados por el ayuntamiento me quedé durmiendo a posta con la cabeza fuera de la tienda. Estábamos en la Vega de Enol, en pleno parque de Picos de Europa, y ver un cielo así fue una epifanía.


También recuerdo un planetarium a pilas, regalo de alguna navidad que ponía noche sí y noche también hasta fundir la bombilla que me traía (qué pena no tener un par de LEDs de aquella…). He suplido su ausencia gracias a uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida: el planetario Homestar Pro de SEGA (dormirse bajo un manto de estrellas tiene algo, de verdad).


Años después, empecé a verlas como una guía en una vida cambiante, con grandes golpes, grandes ilusiones y grandes desilusiones. Subía al mirador de La Formiga a ver Draco tumbado sobre el capó del Corsa (qué recuerdos con ese coche…), buscaba la estrella polar, me dedicaba a localizar a Perseo durante las Lágrimas de San Lorenzo…  Y oye, sigo viéndolas como guía. 


Hace dos años, se fue mi padre. Quien había sido una columna vertebral para la familia, con nuestros problemas, pero siempre con esa admiración mutua se convirtió en una estrella para mí. Cada vez que miraba a Polaris le veía a él. Cuando tenía dudas o tristeza, trataba de abrir una ventana, me sentaba cinco minutos a fumar o pensar y le contaba todo (y creedme o no, siempre recibí respuesta, por imposible que parezca). 


Hace diez días se fue uno de los motivos de mi vuelta a Asturias, mi abuela. Y también aterrizó en Polaris. El 31 de diciembre terminó un año de contrastes, de transición, de miedo, pérdida, angustia, caos… pero también de firmeza, propósito, valor, aventura, pero sobre todo amor. Al terminar el maldito programa de José Mota vi la dedicación a nuestros mayores fallecidos, soltando un bofetón de realidad que aún me estremece: “nunca una generación dio tanto habiendo recibido tan poco”. Esa frase me inundó los ojos y me tuve que ir a respirar al balcón. Miré al cielo y la vi. Polaris. Siempre firme, siempre al Norte. El Norte…

Pero resulta que la luz de las estrellas, esa que tanto me gusta, esa que me guía, por muy rápido que vuele, tardará años, decenios, siglos, milenios… en llegar hasta mi retina desde esos distantes soles. Es una luz del pasado, es un eco de otras vidas, posiblemente de las nuestras, posiblemente de la de nuestros mayores. Es una luz que partió en 1589 (allá cuando la famosa contraarmada de la que los británicos no hablan, y los españoles tampoco). Es una luz muerta. Pero aún así… me guía.


Entonces pensé: ¿pero… entonces el pasado me condiciona? Puedes creer en el horóscopo. Puedes pensar que la posición de formas escogidas arbitrariamente hace miles de años condicionarán tu vida si la forma X estaba alineada en la posición de salida del Sol el día de tu nacimiento. Puedes hacerlo… o no. Al igual que puedes creer firmemente que tu pasado te condicionará toda la vida, o bien lo usarás a tu favor para aprender y crecer. Y oye, resulta que eso me lleva funcionando ya varios años (cinco, para ser exactos). 


Uno no es lo que fue. Uno es lo que es, y su pasado, la luz que algún día emitió, puede y debe ser usado para guiarse, pero no vivir mirando a él, porque se puede perder el amanecer. Agradezco mi pasado, quienes fueron parte de él, quienes son aún parte de mi presente y quienes tengan que venir en el futuro, porque todo fluye, todo es cuestión de ciclos. Luz y oscuridad. Día y noche. Paz y violencia. Vida y muerte. Pocas cosas son constantes en este universo. 


La luz de algunas de las estrellas a las que miramos puede haberse ya extinguido y no lo sabremos hasta dentro de mucho tiempo. Pero existe esa pequeña constante, ese impulso que te guía a mirar arriba y sonreír al ver tus amadas estrellas, a recordar a quien amas pese a su marcha, a desear días mejores junto a quien amas aquí en la Tierra, a querer a tus amigos y familia con todo tu corazón. Eso, amigo es el amor…


...y es la única constante.



La única foto que tengo mirando al cielo nocturno, y sólo se ve un planeta (Júpiter) y la Luna. 
Playa Palmera (Candás) 24-8-2010