Palabras
Centellean en mi mente, hacen que mis dientes rechinen al querer expresarlas. Pero me las trago.
Se agolpan en mi pecho, me quitan el aire, me aprietan el corazón. Pero me las trago.
Palabras dulces, palabras amargas. Palabras, sólo palabras.
Pero qué odioso poder tienen. Capaces de romper imperios, desatar tormentas o causar muertes, pero también de calmar, crear vínculos y curar. Sí, pueden curar.
Curan al escucharse, pero eso no depende de uno. Curan al decirlas, y en eso sí que tenemos cierto poder.
Tan sólo quiero que salgan de mis labios, lleguen a tus oídos y que muevan, que toquen la más profunda de tus fibras. Que una concatenación de sonidos susurrados en tu oreja, de esos que hacen que se te erice el vello, aceleren el corazón y pongan nuestros sentidos en la más dulce de las alertas.
Que se transmitan por mis dedos, dando frenéticos saltos sobre este teclado, y se conviertan en señales eléctricas, que a su vez se volverán ceros y unos, que serán de nuevo convertidos en señales eléctricas, que se volverán ceros y unos, y finalmente señales eléctricas que harán que se iluminen ciertos píxeles en la pantalla de un móvil o un ordenador. Y espero iluminen alguna sonrisa.
También espero que no nos constriñamos a ningún canon, a ningún patrón prefabricado y que vuelen entre nosotros como hacían sin temor alguno. Y si esperar es demasiado, espero oír palabras mágicas, de esas que crean imperios, calman tormentas y resucitan hasta a los muertos. De esas que calman, unen y curan. No depende de mí, es cierto. Esperar algo no es sabio, y lo sé de sobra. Así que tendré que decirlas yo, y quizá así curarme.
Pero eso, aunque sean sólo palabas tienen demasiado poder las muy condenadas. Que fluyan.