Hay conjuntos de letras que parecen palabras, y sólo palabras.
Cariño, mimo, ternura.
Cuidado, esmero, detalle.
Esfuerzo, aguante, tesón.
Mujer, lucha, dureza.
Opresión, injusticia, machismo.
Patriarcado, sinrazón, silencio.
Amor.
En vida supe ver lo que, con las primeras me decías. Puedo decir que soy afortunado, ya que fui capaz de agradecértelo mientras compartimos momentos muy dulces en estos últimos meses juntos, tras mi vuelta a casa. ¿Sabes qué veo en esas palabras? Amor. Eso es. Todas ellas encerraban amor, siempre mecidas por tu dulce y entrañable voz, que hoy ya sólo vive en mi recuerdo, en alguna grabación que otra y en mi corazón.
Tu voz, la que tanto y tanto me habló, la que tanto cariño me demostraba. Tu voz, esa hermosa voz llena de mimo, de ternura. Esa voz que me calmaba cuando me veía triste, que me guiaba en los momentos en que la vida me daba vuelcos, que me felicitaba en mis éxitos y me consolaba en mis fracasos. Una voz que, en la distancia, en el frío, en la oscuridad conseguía transportarme a casa, quitarme más de treinta años de encima, y volver a ser un niño que, de tu mano caminaba por las montañas y soñaba con buscar dinosaurios. Pues resulta que, eras un ser tan increíble que no sólo eras capaz de hablar usando la voz.
Hablabas con tus manos, que con abrazos eran capaces de quitar las más duras penas, que con tanto mimo me quitaban dolores infinitos en las piernas, y hasta contracturas en la espalda, siendo ya bien adulto. Tus manos, capaces de poner todo el cuidado del mundo, todo el esmero, todo el detalle y todo el amor en cada una de las cosas que hacías. Desde los platos increíbles que preparabas, hasta tus minuciosas labores, pasando por esas manualidades que llenan tu casa, dotándola de todo tu carácter. Esas manos, arrugadinas pero siempre llenas de calor, que tanto me gustaba sujetar fuerte todas y cada una de las veces que estuviste malina, para que no te me fueras.
Pero si hay algo que me hablaba de verdad, eso eran tus ojos, curtidos en mil batallas de la vida. Unos ojos que miraban con rabia contenida, que a veces salía de forma explosiva, pasional. Tus ojos, siempre risueños, brillantes hasta en las noches más oscuras me hablaron de lo mucho que te tocó vivir, de todos tus sueños rotos, de tus desvelos, de tu trayectoria vital. Pero pese a todo eran (son) unos ojos que sabían amar con sólo una mirada. Unos ojos que no me cansaré de recordar y admirar.
Hoy nos es muy fácil odiar a todo el mundo, polarizarnos, gritar, acusar, juzgar, rendirnos... Dejar de lado lo que verdaderamente importa: el esfuerzo, el aguante, el tesón... y la admiración. Pues resulta que, gracias a ti soy capaz de dejar de lado todos esos sentimientos negativos y aferrarme a todo lo positivo que me aportaste... que fue todo. Un 100%. ¡Cómo me enseñaste a esforzarme, a aguantar, a no desistir!. A saber querer bien, de forma desinteresada. Y con todo ello, y sin querer fue imposible no admirarte.
Tu historia me enseñó a apreciar la dura lucha de otras tantas mujeres como tú, forzadas a papeles que no pudieron elegir. ¿Cuántas maestras, enfermeras, científicas o políticas se nos quedaron por el camino, encajadas en situaciones que no eligieron? Gracias a Dios tú me ayudaste a ver el verdadero rol, voz y papel de una mujer: más allá de las opresivas estructuras que os mantuvieron prisioneras, silenciadas. Un rol que no encajaba en una sociedad condicionada por las circunstancias históricas, y por rancios y caducos poderes preestablecidos y/o por pura maldad e ignorancia (de la que por desgracia nos sigue sobrando a raudales). Esa sociedad, que quiso manteneros silenciadas hoy en día amenaza con renacer entre agrios estertores pre-exitus (esperemos) a través de manadas de babosos, catetos e ignorantes. Quiero decir: lo lleváis muy claro si algún día tengo una hija ;)
Y es que, tu inspiradora vida fue la de una MUJER con mayúsculas, que siempre supo adelantarse a su tiempo y ponerse al pie del cañón de multitud de proyectos caracterizados por valores como la igualdad, el recuerdo, la libertad y la justicia. Proyectos que siempre lograbas llevar a cabo y están más vivos que nunca. Como el teatro. Como la asociación de mujeres. Antes se lo dije a una familiar, hoy lo grito a los cuatro vientos: no he conocido ni conoceré a otra mujer como tú.
Pero al fin y al cabo esto que tecleo, con lágrimas en los ojos son palabras, sólo palabras... Incluyendo esas que tú me transmitiste y que hoy veo llenas de amor: por ti misma, por tu familia, por tus amigas, por el teatro, por tu país, por las mujeres. Por la justicia, y por tu firme creencia en un mundo mejor. Todas esas palabras, y todos los valores que representan me los supiste transmitir como nadie, y hoy están grabados a fuego en mi corazón, en mis huesos, en mi alma.
Son todos los valores que, algún día transmitiré a mis alumnos, esas generaciones venideras que son mil veces mejores que nosotros y que seguro sabrán construir un mundo mejor, más igual, más justo y más seguro para todas y todos. Donde las cosas se hagan con esmero cariño y dedicación, depositando nuestro amor en ellas como tú bien me enseñaste a hacerlas.
Son todas esas palabras que guiarán cada uno de los pasos que tome en la vida, de los éxitos que tenga, de las alegrías que viva (que esperemos sean muchas) y de los que, sin duda alguna tú has sido, eres y serás partícipe.
Pero, entre tú yo: son palabras, sólo palabras. Tan necesarias de sacar de mi interior hoy, y a la vez tan innecesarias para comunicarme contigo, ya que siempre supimos leernos bien el uno al otro. Porque lo esencial es invisible a la vista, al tacto, al oído. Lo esencial no se aprecia con ningún sentido, sino con nuestros corazones. Y sé que en ese tipo de comunicación nadie te volverá a igualar. Pero trataré con toda mi fuerza que, aquellos que se crucen en mi vida sepan apreciar todo mi cariño, como tú me enseñaste: con hechos, con miradas, con caricias... y sin palabras.
Hasta que nos veamos de nuevo dentro de muchos años, Güeli. Hoy brilla fuerte otra estrella en mi firmamento. Te querré siempre.
