Son malos tiempos para la lírica, tanto por que si cualquiera se pone a cantar sin mascarilla es fusilado como porque parece que la música no suena tan viva. O directamente ni suena.
Parece que no somos nosotros. Parece que no "presta" tanto salir, ahora que no existe la noche. Parece también que todo se va a acabar mañana y que no merecen la pena el esfuerzo ni el compromiso. Curiosamente la falta de certidumbre sobre el mañana, sobre el futuro debería ser un catalizador que hiciera que viviese mi vida como si la muerte me esperase en cualquier esquina. Pero será mi salud de hierro, o un pasotismo absoluto que hacen que no disfrute de las "danzas macabras" como nuestros antepasados hacían durante la Peste Negra en la Edad Media, viviendo al día, sabedores de que esto se acaba. Parece que la música no suena tan viva. Y cuesta trabajo escucharla, aunque parezca que quiera empezar a subir de volumen.
Parece también que el amor se resiente de esa falta de música, quizá provocada por tener mi oído demasiado cerrado, los dedos atrofiados (¿por tanto tiempo en el frío?), incapaces de interpretar mi propia música, como solía hacer antaño. Tanto el amor propio como el que sentimos por otros. Pese a que exista la certeza de que todo pasará lamento ver que el amor no es cosa fácil en los tiempos de la COVID19. Simplemente el túnel parece no acabar. Y me queda el tirar hacia adelante como un burro, por pura terquedad y resiliencia.
Aunque no todo está perdido. Sé que nada sube ni baja de forma constante, y todo es cuestión de esas pequeñas olas, esos pequeños altibajos que sumados construyen otras mayores. Períodos de bonanza con sus pequeños "peros", y períodos malos con sus pequeños pros haciendo en conjunto que nuestras vidas parezcan un paisaje serrado. Es justo en momentos así, cuando aprecio el carácter cíclico de la existencia que la mejor maestra que tenemos, la naturaleza, me recuerda que las estaciones son un perfecto eco de nuestras vidas.
Nacemos en primavera.
Vivimos en verano.
Sentimos nostalgia, pero apreciamos la grandeza de la vida y de lo vivido hasta el momento en otoño.
Y morimos (¿morimos?) en invierno. Pero tras mis años en el país del invierno eterno he aprendido que durante el invierno no se muere realmente. En el invierno, en todos los inviernos de nuestras vidas nos recogemos. Pensamos. Aprendemos. Nos curamos. Sí, de eso se trata el invierno.
Como el roble que pasa meses desnudo, pero hoy explota de alegría vestido de miles de diminutos botones verdes, los cuales en tan sólo unos días se convertirán en un traje de hojas que le darán nueva vida. Que le ayudarán a dar sombra en verano, y cuyos colores cambiarán al noble dorado, al pasional rojo durante el otoño, para finalmente morir y caer cuando ya esté cerca el invierno.
Ese invierno que siempre volverá, como vuelve la primavera, y como vuelven el verano y el otoño. Quizás la clave de la supervivencia del amor en los tiempos de la COVID19 sea ganar conciencia sobre qué hacemos, sobre dónde estamos, sobre qué estación alberga nuestro corazón. Y si falta una primavera que nos atragante el verano y haga que el otoño más bonito que hemos vivido termine abruptamente con el invierno pues capeémoslo como buenamente podamos. Que a la muerte también se la puede celebrar como prólogo de la vida. Comprendamos que todo es un ciclo, todo es un corro: como el tipo de baile más ancestral de Asturias, nuestras "Danza primas".
Bailemos unas "Danzas Macabras" celebrando que el tiempo de la muerte se acaba algún día, y la próxima primavera será más verde que nunca.