Hace dos meses necesitaba
un catalizador. Pues mi catalizador llegó el día dieciocho de diciembre, cuando
una llamada, precedida de cinco llamadas perdidas cambió mi presente, mi forma
de ver la vida por completo.
Se fue, ya descansa
tranquilo, en paz, sin tener que preocuparse por el trabajo, por el dinero, por
la salud, por mí, por mis hermanos, por mi madre. Por todo. Se fueron sus
preocupaciones y todo aquello que le llevaba años reconcomiendo.
Supo vivir su vida de una
forma sensible a veces, no tanto otras, descentrado a veces, pero siempre,
siempre preocupado por los demás y dejándose a sí mismo de lado. Nunca quiso
dar la nota, ni sobresalir, pero tampoco quiso lanzarse a perseguir un sueño,
el suyo. Jamás conocí a nadie tan entregado en el trabajo, y viendo a mis hermanos y a mí mismo (aunque no me guste alardear tampoco) creo que nos pegaste un poco de tu buen hacer.
No nos pudimos despedir,
no nos pudimos perdonar, no nos pudimos abrazar de nuevo, ni fumarnos un
pitillo recién liado en el balcón. Ni tomarnos una sidra, ni comer una buena
fabada. Nuestro último viaje en coche fue seguramente el más duro de mi vida,
tras más de veintiséis horas viajando, y sin embargo fue el trayecto desde Cabueñes
hasta Candás el que se me hizo más largo. En tan sólo veinticinco minutos
(arriba o abajo) se me pasaron por la cabeza tantas madrugadas, mañanas, tardes
y noches junto a él, siempre de copiloto, últimamente de piloto. Momentos
históricos vividos juntos, como la caída del Muro de Berlín, los ataques terroristas
de Madrid en 2004, el golazo de Zidane en la Champions (la única y última vez
que un servidor disfrutó viendo al Madrid ganar).
Se me pasan cada día
todos los buenos momentos vividos junto a ti, Papi. Todas las buenas películas
que vimos. Todas las horas trabajando juntos, tanto en Arcelor como en casa.
Las no pocas conversaciones trascendentales que tuvimos en las que, la mayoría
de las veces acabábamos enfadados por nuestras opiniones contrastadas, pero que
siempre, siempre enriquecían el uno al otro. Y me jode pensar que tiramos un
año entero sin poder tener más por culpa de la cabezonería de ambos.
Me queda por encima de
todo tu manera de ver la vida, de disfrutar de la buena cocina, de toda la
música que me mostraste allá por los tiempos del Napster y del módem . Y sobre
todo el amor por la palabra escrita.
Tus libros son el único
recuerdo que me llevé, y sin duda alguna no puede haber algo que me una más a ti.
De buen seguro estarás teniendo finalmente coloquios con Tolkien (ojalá allá
arriba el inglés se aprenda por ciencia infusa, porque mira que eras negado). También
estoy seguro de que podrás acompañar a la guitarra a Víctor Jara, cantar junto
a Joe Cocker, debatir sobre política con el Che Guevara y espero que pasar tu
tiempo con Güelito, Lolo y Tor.
Me queda ahora otra tarea, esa que tú has provocado al irte directo, rápido, fulgurante como una estrella
fugaz. Catalizándome. Y esta tarea ha comenzado, dado que las palabras se amontonan dentro de
mí, mezcladas con todas las lágrimas que aún no he podido llorar, pues quieren poder emocionarme en el momento exacto para contarte historias, hacerte partícipe de ellas, que las
sientas, que te hagan hinchar el pecho de orgullo y compartirlas con otros
diciendo «mi hijo escribió esto». Siempre quisiste verme escribir, siempre me
dijiste que te gustaba lo que hacía y pienso ir a por todas. Por ti.
Te quiero.
«Ahora somos libres.
Volveremos a vernos, pero aún no. Aún no»