Cuenta una versión de una leyenda griega que el héroe Teseo, hijo del rey de Atenas se embarcó voluntariamente hacia la isla de Creta para ofrecerse como ofrenda al Minotauro, monstruo mitad hombre mitad toro que habitaba en un laberinto bajo el palacio del rey Minos, y al que anualmente se debían ofrecer siete jóvenes y siete doncellas como sacrificio. Pero nuestro héroe tenía otra idea en mente: asesinar a tal abominación. Al llegar a Creta, se enamoró de la princesa Ariadna, la cual le dio un ovillo de lana como vía de escape del laberinto. La idea era que tras atar su extremo a la entrada del laberinto y adentrarse en el mismo fuese capaz de usar la línea extendida para encontrar la salida una vez derrotado el monstruo. El plan salió bien, se aferró al hilo de Ariadna y tras vencer y escapar se fugó junto a su amada princesa.
Pero la entrada de hoy no va de mitología clásica (que me encanta, por cierto), sino que esta historia (real) tuvo lugar hace una semana, no en la hermosa Grecia, sino en una cabaña perdida en el monte en el concejo de Caso, Asturias.
Prefirieron quedarse en casa, lo cual me parecía bastante normal con el cansacio de todo el día, pero yo, feliz de mí preferí salir. Sentir la adrenalina. Me llamaréis temerario, pero creedme: tenía plan b en forma de un coche abierto a diez metros de mi posición final.
Me calcé las botas, cogí mi pequeña linterna (que, tras esta experiencia ha sido relegada a plan b, y sustituida por un frontal de 2000 lúmenes) y un buen cayao, por si las moscas. La noche estaba fresca, sin luna, sin estrellas apenas (sólo con la corona rasa, así que "esperando la nieve na casa"). Mis botas se hundían en un barro recién ablandado por el continuo orbayar del día, y a veces amenazaban con hacerme resbalar. Me dirigí al generador, tiré del estrangulador y giré la llave del contacto para apagarlo del todo. Ya con el silencio al que dejó paso el ronroneo del motor de combustión seguí mi marcha, sintiendo cada paso. Suave, embarrado. Sin más ruidos que mis pisadas. Sin perros a mi alrededor (qué raro... se habían metido ellos solos a la cuadra).
Seguí avanzando una decena de metros, y con cuidado abrí la cancilla de la finca donde está la cabaña en la que me quedaba. Bajé la luz al máximo, tapando el frente del haz para que sólo iluminase mis pies y me dejase hacerme a una oscuridad casi absoluta. Llegaba la última cuesta: unos cinco metros de piedra y barro, en los que me esmeré al máximo por mantener mi luz lo más escondida posible, y mis pasos prácticamente inaudibles, camuflados por el murmullo del río que bajaba cargado por el deshielo. Al llegar a la valla del cercado del burrito respiré hondo. Sabía que no vería nada.
Pero no. Algo había.
Iluminando hacia la izquierda dos pares de ojos devolvieron el haz de la linterna. Luego otro par. Luego otro. Me esforcé por adaptar mi visión en reconocer la posición de los ojos: visión periférica, ojos laterales = bien, presa. Pero visión estereoscópica, ojos al frente = mal, depredador. Y cinco pares de ojos de depredador me observaban, agazapados en la hierba. Seguramente ellos sintieran más miedo que yo, pero creedme: mi mano izquierda comenzó a temblar, alimentada por el chute instantáneo de adrenalina que me pedía salir corriendo.
Y es ahí donde conocí al miedo. Donde en vez de huir de él decidí plantarle cara. Donde supe que si corría, sería una presa más (con el seguro del coche sin cerrar a diez metros, of course). No. Esta vez quise hablar con el miedo, al igual que he hecho en otras ocasiones (básicamente, en cada inmersión este verano... sobre todo en la última con visibilidad cero).
Mantuve mi foco firme, desafiante. Intenté ver siluetas, pero sólo percibía cinco pares de ojos que me observaban, quietos, agazapados por la sorpresa. De pronto uno de ellos, el de la derecha del todo se levantó tranquilo, giró y subió por una linde del camino hacia la derecha, cruzando el prado monte arriba. Con su ida y la del resto del grupo pude ver el perfil y la increíble cola y porte del lobo ibérico por primera vez en mi vida. Y con su marcha se fue el miedo y se quedó el agradecimiento por la lección aprendida. Porque aprendí algo muy valioso.
Había un pequeño hilo rojo, una línea de vida imperceptible dejada por Ariadna, que me hizo seguir avanzando en aquel laberinto plagado de terrores, que mi mente sola generaba. Que trataba de hacerme ignorar las cosas que he aprendido a lo largo de los años. Pero esta vez preferí abrazarme a ese regalo de la vida y confiar en que todo saldría bien si hacía las cosas como sé.
Y el regalo de los lobos fue darme cuenta de que, frente a cualquier monstruo, real o irreal siempre existe un hilo que hemos dejado a lo largo de nuestra existencia, que podrá estar sucio, enredado o incluso a punto de romperse, pero que está ahí. Siempre. Sólo hay que respirar profundo, confiar en él y saber que tarde o temprano lograremos salir del laberinto tras haber derrotado al miedo.
Que al fin y al cabo es tan sólo un sentimiento que bien entendido nos mantiene fuertemente aferrados a la vida.