jueves, 24 de diciembre de 2020

¿Sólo con palabras?

Hay conjuntos de letras que parecen palabras, y sólo palabras.

Cariño, mimo, ternura. 

Cuidado, esmero, detalle. 

Esfuerzo, aguante, tesón.

Mujer, lucha, dureza. 

Opresión, injusticia, machismo. 

Patriarcado, sinrazón, silencio.

Amor.

En vida supe ver lo que, con las primeras me decías. Puedo decir que soy afortunado, ya que fui capaz de agradecértelo mientras compartimos momentos muy dulces en estos últimos meses juntos, tras mi vuelta a casa. ¿Sabes qué veo en esas palabras? Amor. Eso es. Todas ellas encerraban amor, siempre mecidas por tu dulce y entrañable voz, que hoy ya sólo vive en mi recuerdo, en alguna grabación que otra y en mi corazón.

Tu voz, la que tanto y tanto me habló, la que tanto cariño me demostraba. Tu voz, esa hermosa voz llena de mimo, de ternura. Esa voz que me calmaba cuando me veía triste, que me guiaba en los momentos en que la vida me daba vuelcos, que me felicitaba en mis éxitos y me consolaba en mis fracasos. Una voz que, en la distancia, en el frío, en la oscuridad conseguía transportarme a casa, quitarme más de treinta años de encima, y volver a ser un niño que, de tu mano caminaba por las montañas y soñaba con buscar dinosaurios. Pues resulta que, eras un ser tan increíble que no sólo eras capaz de hablar usando la voz.

Hablabas con tus manos, que con abrazos eran capaces de quitar las más duras penas, que con tanto mimo me quitaban dolores infinitos en las piernas, y hasta contracturas en la espalda, siendo ya bien adulto. Tus manos, capaces de poner todo el cuidado del mundo, todo el esmero, todo el detalle y todo el amor en cada una de las cosas que hacías. Desde los platos increíbles que preparabas, hasta tus minuciosas labores, pasando por esas manualidades que llenan tu casa, dotándola de todo tu carácter. Esas manos, arrugadinas pero siempre llenas de calor, que tanto me gustaba sujetar fuerte todas y cada una de las veces que estuviste malina, para que no te me fueras.

Pero si hay algo que me hablaba de verdad, eso eran tus ojos, curtidos en mil batallas de la vida. Unos ojos que miraban con rabia contenida, que a veces salía de forma explosiva, pasional. Tus ojos, siempre risueños, brillantes hasta en las noches más oscuras me hablaron de lo mucho que te tocó vivir, de todos tus sueños rotos, de tus desvelos, de tu trayectoria vital. Pero pese a todo eran (son) unos ojos que sabían amar con sólo una mirada. Unos ojos que no me cansaré de recordar y admirar.

Hoy nos es muy fácil odiar a todo el mundo, polarizarnos, gritar, acusar, juzgar, rendirnos... Dejar de lado lo que verdaderamente importa: el esfuerzo, el aguante, el tesón... y la admiración. Pues resulta que, gracias a ti soy capaz de dejar de lado todos esos sentimientos negativos y aferrarme a todo lo positivo que me aportaste... que fue todo. Un 100%. ¡Cómo me enseñaste a esforzarme, a aguantar, a no desistir!. A saber querer bien, de forma desinteresada. Y con todo ello, y sin querer fue imposible no admirarte.

Tu historia me enseñó a apreciar la dura lucha de otras tantas mujeres como tú, forzadas a papeles que no pudieron elegir. ¿Cuántas maestras, enfermeras, científicas o políticas se nos quedaron por el camino, encajadas en situaciones que no eligieron? Gracias a Dios tú me ayudaste a ver el verdadero rol, voz y papel de una mujer: más allá de las opresivas estructuras que os mantuvieron prisioneras, silenciadas. Un rol que no encajaba en una sociedad condicionada por las circunstancias históricas, y por rancios y caducos poderes preestablecidos y/o por pura maldad e ignorancia (de la que por desgracia nos sigue sobrando a raudales). Esa sociedad, que quiso manteneros silenciadas hoy en día amenaza con renacer entre agrios estertores pre-exitus (esperemos) a través de manadas de babosos, catetos e ignorantes. Quiero decir: lo lleváis muy claro si algún día tengo una hija ;)

Y es que, tu inspiradora vida fue la de una MUJER con mayúsculas, que siempre supo adelantarse a su tiempo y ponerse al pie del cañón de multitud de proyectos caracterizados por valores como la igualdad, el recuerdo, la libertad y la justicia. Proyectos que siempre lograbas llevar a cabo y están más vivos que nunca. Como el teatro. Como la asociación de mujeres. Antes se lo dije a una familiar, hoy lo grito a los cuatro vientos: no he conocido ni conoceré a otra mujer como tú.

Pero al fin y al cabo esto que tecleo, con lágrimas en los ojos son palabras, sólo palabras... Incluyendo esas que tú me transmitiste y que hoy veo llenas de amor: por ti misma, por tu familia, por tus amigas, por el teatro, por tu país, por las mujeres. Por la justicia, y por tu firme creencia en un mundo mejor. Todas esas palabras, y todos los valores que representan me los supiste transmitir como nadie, y hoy están grabados a fuego en mi corazón, en mis huesos, en mi alma. 

Son todos los valores que, algún día transmitiré a mis alumnos, esas generaciones venideras que son mil veces mejores que nosotros y que seguro sabrán construir un mundo mejor, más igual, más justo y más seguro para todas y todos. Donde las cosas se hagan con esmero cariño y dedicación, depositando nuestro amor en ellas como tú bien me enseñaste a hacerlas.

Son todas esas palabras que guiarán cada uno de los pasos que tome en la vida, de los éxitos que tenga, de las alegrías que viva (que esperemos sean muchas) y de los que, sin duda alguna tú has sido, eres y serás partícipe. 

Pero, entre tú yo: son palabras, sólo palabras. Tan necesarias de sacar de mi interior hoy, y a la vez tan innecesarias para comunicarme contigo, ya que siempre supimos leernos bien el uno al otro. Porque lo esencial es invisible a la vista, al tacto, al oído. Lo esencial no se aprecia con ningún sentido, sino con nuestros corazones. Y sé que en ese tipo de comunicación nadie te volverá a igualar. Pero trataré con toda mi fuerza que, aquellos que se crucen en mi vida sepan apreciar todo mi cariño, como tú me enseñaste: con hechos, con miradas, con caricias... y sin palabras.

Hasta que nos veamos de nuevo dentro de muchos años, Güeli. Hoy brilla fuerte otra estrella en mi firmamento. Te querré siempre.

In memoriam. 
Mariluz Valdés González.
21-10-1931 - 23-12-2020


domingo, 20 de diciembre de 2020

Winter is coming

La vida es como las estaciones del año.
Hay primaveras que nacen en verano, veranos que duran todo un otoño e inviernos que se adelantan y llenan de escarcha el final del verano. Pero... nos faltó un otoño.

Soy un hijo de esa estación. Nací en noviembre, a finales. La época en la que la luz va desapareciendo paulatinamente hasta que te sorprendes teniendo que encender las luces a las seis de la tarde (bendito sea ya puestos, en comparación con encenderlas a las tres...) La estación donde la vida va muriendo poco a poco, demostrando que no todos los finales son duros, sino que pueden estar teñidos de colores y sentimientos intensos. Donde la luz del atardecer cobra un doble sentido, cual parca que va segando las hojas de los árboles.

Es en el otoño donde nos preparamos para el duelo (o la calma, o la introspección) que nos trae el invierno. Siempre esperando por una nueva primavera, anhelando el verano. Pero, tras siete años de inviernos largos y realmente duros (me dan la risa los de aquí, sureños) he aprendido a amar verdaderamente a esta estación. La calma de la nieve cubriendo todo despacio. Su tesón (véase mi post "Si la nieve") o la pureza que trae, son algunas de las muchas cualidades que el invierno nos regala. No se trata de verlo todo con negatividad, ni tampoco con positividad forzosa (a mí dame playa, que de frío tuve ya mi ración para ocho vidas) pero de aceptar que el invierno llega, y que después de él la vida renace, por lo general de forma explosiva (ayer mismo vi yemas tempranas en las ramas de algunos árboles). Es inevitable, como todas las demás estaciones. Aún así, nos falta un otoño.

Es en este invierno adelantado (a falta de trece horas para el solsticio) donde me dejo llenar de la paz que los inviernos suecos me enseñaron, recordando la nieve trapeando en Luleå, la ventisca mientras volvía a casa del trabajo a las once de la noche (dejándome la barba blanca, blanca). Es cuando recuerdo la magia de entrar al bosque helado, donde el silencio sólo es roto por el lento crepitar de los troncos de los majestuosos pinos y abetos, que acompañan al silbido de la brisa como los contrabajos y cellos acompañan a los violines y violas. Es cuando recuerdo el subidón que me dan el olor a chimenea en las montañas de León, el del vino calentito en Alemania, el estar debajo de una mantita mientras estudiaba con mi gato Wilson pidiéndome mimos. Pero nuestro otoño me falta, y mucho.

Me falta porque me dirá muchas cosas sobre nosotros, me hará ver los colores de las hojas que no vi, disfrutar de los atardeceres donde el cielo arde, del olor a castañas asadas, de fayeos en los que la nieve se ve sustituida por un mar de hojas que amortiguan los pasos del caminante que, en un esfuerzo por conectar con la naturaleza, con la esencia que le inspira se aventura en esos dominios. Me falta porque ese otoño me puede enseñar cosas que creía bien aprendidas sobre mí mismo, pero que igual debo de continuar puliendo. Porque el otoño es, al fin y al cabo una catarsis necesaria, una reflexión, una preparación para los inevitables inviernos que la vida nos traerá.

Sé que en algún momento me regalarás ese otoño, como sé que nada deseo más que me regales muchas primaveras y muchos veranos más. Y por supuesto la paz de muchos inviernos, que creo haber dejado claro que no son para nada negativos.

Para mi primavera, mi viento de cambio.

viernes, 18 de diciembre de 2020

Invertebrado

Eres ese pilar que se echa en falta cuando la casa amenaza con derrumbarse (y digo eres porque, a pesar de que tu marcha nos hiciese tener que hacernos más fuertes y sostenerlo, sigue faltando ese apoyo). Eres una presencia que falta, y mucho. El asiento que faltará en todas las cenas y celebraciones por venir.

Hoy me siento invertebrado. A pesar de contar toda mi fuerza, mi garra y mi arrojo. A pesar de todo el valor, la templanza y la querida resiliencia que habitan en mí y han jurado no volver a irse. Pero me faltas tú. A pesar de que te fuiste sin habernos podido sentar a hablar de nuevo. Me faltas, y mucho.

En días nublados, plagados de duda, de falta de ganas o de desánimo es cuando todas las palabras que me regalaste a través de tu boca y todos los mensajes grabados en los libros que me recomendaste cobran sentido. Es cuando tu ejemplo se activa, tocando resortes que parecían oxidados en mi mente y que me ayudan a seguir adelante contra toda adversidad. Ad astra per aspera!

En días sombríos, de falta de unión o compromiso, de comodidad, de olvido absoluto de lo que la palabra familia tendría que significar. En días de falta de justicia, cuando veo que los fuertes (o los que se lo creen, mejor dicho) abusan de los más desvalidos es cuando tu impulso, tus garras, tu arrojo comparable al del ataque de un león despierta dentro de mí y me hace defender a los que quiero y realmente me importan. Hace que sepa decir con más sinceridad un "te quiero", un "me importas", a no dejar para mañana lo que puedo y debo hacer hoy (no vaya a ser que otro capricho de la vida me arrebate lo que me hace feliz y amo). Hacen que sepa valorar el amor como la fuerza universal que mantiene en cohesión nuestros microcosmos y luche por preservarlo, cuidar de él y acrecentarlo.

En días de oscuridad, de miedo, pérdida, angustia, añoranza, pocas esperanzas me guías de muchas formas. Eres la paciencia, para saber que, pese a todo lo malo la clave es seguir caminando, para no esperar, para aceptar lo que la vida traiga. Se trata de ser un barco en constante movimiento, que las olas te tuerzan sí, pero que nunca pierdas el puerto de la vista. A veces se tarda en llegar a la seguridad de sus amarres, y no todo sucede cuando queremos o cuando parece que va a ser, sino que sucederá cuando tenga que ser. Esa paciencia es clave hoy para mí. Pero sobre todo eres LUZ. Sí, luz. Eres un faro desde hace dos años ya... Te irías dejando todo a oscuras, pero desde el primer momento sentí tu luz muy cerca. Porque ¿sabes una cosa? Cada vez que levanto la mirada en la noche, con ayuda de Merak y Dubhe siempre encuentro ese lugar donde sé que te sientas a observarnos. En el único punto fijo del cielo, guiando nuestro camino a través de la oscuridad. Guiando nuestro rumbo. Y sé que siempre estarás ahí, porque ese punto, esa estrella conecta con mi corazón, donde siento tu luz en todo momento.

Aun así me faltas, porque aunque en vida me dijiste muchas, tus palabras fueron finitas. Sé que no las oiré de nuevo hasta dentro de muchos años, y hoy sólo puedo aferrarme a su recuerdo cuidándolas mucho, reflexionando sobre ellas, como si estuvieran escritas en un libro de oro. Todas y cada una de ellas cobran sentido hoy y me ayudan a seguir adelante, revalorizándose un poco más cada día. Me siento invertebrado, pero con la espalda más firme y fuerte que nunca antes en mi vida. 

Gracias por todo. Te quise, te quiero y te querré hasta el fin de mis días.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

¿Quién? ¿Qué?

 Quién, o qué. Dos pronombres interrogativos que sirven para poner etiquetas o clasificar.

¿Quién soy? 

Soy yo. Soy una persona, con sus inquietudes, sus miedos, sus valores, sus ventajas y sus herramientas. Sé enfrentarme a ciertas situaciones de la forma que la experiencia me ha demostrado ser más efectiva. Soy un tío adaptable. Mucho. Me mezclé y mezclo donde haga falta. Aprendo. Pruebo. Fallo. Acierto. No hago nada por hacer (me cansé de ello durante la escuela primaria e instituto... que les pregunten a mis compañeros y profesores). Todo en mi vida tiene un sentido, una utilidad, o sino no lo hago. Algunos argumentarán que mi pasión (la gaita, la música) las hago por hacer, pero el arte siempre tiene sentido: expresar, transmitir sentimientos, hacer sentir al intérprete. Así que, helo ahí. Sentido al canto. 

Trato a las personas no como me tratan a mí, sino de la forma que veo efectiva para mantener mi mayor tesoro: la paz mental. ¿Y de verdad es para mí un bien tan valioso como para no permitir que ciertas reacciones que tengo no encajen en un rol preestablecido? ¿De verdad hace falta que, a estas alturas de la pandemia -digo... película- uno tenga que reaccionar con los demás como "se supone" que debe hacerlo?

Igual es que me cansé hace muchos años. Igual es que, un luchador hasta el final como yo ha visto ciertas guerras como ajenas, incapaces de ganar, y es un error estratégico el comenzarlas. Hablo de estrategia porque tácticos hay demasiados en este mundo, y no les va muy bien. Me gusta la gente que tiene pensamiento estratégico, que tiene planes a largo plazo y que sabe planificarse. Me encantan, y por eso cuando llegan a mi vida las quiero cerca, porque me transmiten una empatía y una tranquilidad que pocos otros hacen.

Sí, es cansancio. Es ver que con ciertas personas no-se-puede-razonar-ni-llegar-a-ningún-entendimiento, por más que quieras, por más que te duela. Son ganas de no perder más tiempo tratando de explicar que la vida es más sencilla de lo que ellas piensan, que la vida está más allá de cuatro paredes, límites de un concejo. Más allá del Puertu Payares. Simplemente, la frustración de no ser escuchado, de saber que mi consejo entrará por un oído, saldrá por otro o simplemente será descartado "porque aún te queda mucho por vivir" hace que haya elegido un selecto grupo con el que no quiero hablar, ni razonar. Simplemente quiero que vivan, me dejen vivir, nos adaptemos en una rutina y cada uno feliz a su aire. Quiero que no vengan a tratar de convencerme, coaccionarme, gritarme o tratar de dejarme de imbécil. Enlazando con lo que soy, sé que hay varias cosas que NO soy, y esas son un imbécil, un ignorante, o un malencarado (que de esos sobran). Así que, si me vienen en ese plan, mi respuesta es: voz, cortafuegos, y yo a lo mío tratando de restablecer mi paz. Es como que trato de ser un puerto protegiendo una playa: la ola llega, me deja tocado. Pero cada vez mi rompeolas es más y más grande. Su fuerza afecta menos (posiblemente porque mi respuesta es cada vez más contundente. Y oye, funciona de maravilla. Mi playita es lo más sagrado.

Sabiendo eso, a los conocidos y desconocidos os pido: por ciertos comentarios, por ciertas actitudes no pongáis etiquetas automáticas, que a veces “solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos” (y esa genialidad, escrita a un nivel que nunca podré escribir es la puta verdad absoluta más grande que existe). Escuchad qué os dice el corazón sobre mí, y si os traigo paz, quedaos, leñe, que no muerdo a -casi- nadie.

¿Qué soy? 

Soy atento. Escucho. Soy detallista. Soy obstinado, terco y friki (MUY friki). Y bien orgulloso de ello. Soy amigo de mis amigos. Cuido de la gente que me demuestra cariño (de la que me demuestra amor... saben que tienen sangre, un pedazo de hígado, un pulmón y un riñón cuando lo necesiten). Quiero a mi familia, aunque a veces me vuelvan loco.

Y soy de los que ELIGEN a su familia, que lo de la sangre está sobrevalorado (aunque para mí tengo la suerte de que la sangre más cercana lo son TODO para mí). Mi familia sois todos esos que, sin compartir ese ínfimo porcentaje de ADN que nos haría parientes directos sabéis leerme mejor que mis ribosomas. Sois mi tribu. Esas estrellas que brilln fuerte y forman una constelación a mi alrededor llamada vida. Sois mi todo, y en lo oscuro y lo claro estáis ahí. Igual no os lo digo lo suficiente, pero os quiero.

Todo pasará. Algún día todo, todo pasará.

lunes, 7 de diciembre de 2020

Pensando...

 Resulta poético que la semana de temporal que llevamos haga que lo sienta por fuera y por dentro. Aire, frío, oscuridad. Rumbos perdidos, primaveras abortadas, miedo. Siempre prediqué que la tormenta puede descolocar tu barco, pero con un rumbo fijo acabas llegando tarde o temprano, por mucho que la marea y los vientos hagan cambiar la derrota del barco. Por ello estoy intentando decirte sin contarte directamente que estoy buscando una receta para seguir navegando en estos días aciagos.

La mente dice ¡vamos!, el cuerpo dice “bueno…”, pero el corazón dice que no. Intento acallar su voz, sus latidos, que deje de decirme su parecer. Intento no pensar en cientos de hipotéticos escenarios futuros que muestren cómo se resolverá todo, cómo vuelve a nacer la ilusión. Cómo llegar a conseguir en el menor tiempo posible un status quo que me permita vivir en mi tan ansiada paz, y dejar salir a la persona que realmente soy, esa que tanto te gustaba abrazar bajo el sol, bañados en salitre... pero no funciona de ninguna de las maneras. 

Pienso en escribirte, en escuchar tu dulce voz, en que me digas que todo saldrá bien, que somos dos afortunados por habernos encontrado en un momento tan duro. Pienso en la sorpresa y admiración que sentías por haber coincidido con alguien con quien el encaje y el compartir salían tan fácilmente, tan natural. Me consuela saber que exista alguien como tú en este planeta, sí. Pero tampoco funciona hoy.

Recuerdo que igual la distancia sí que logra bajar la afinación de una estridente cuerda antes de que se rompa (deja una guitarra sin tocar unas semanas y verás). Recuerdo también que si ambas cuerdas quieren, si ambos intérpretes buscan un nivel intermedio acaban afinando y como dije, sonando en simpatía. Las vibraciones de una, transportadas por el aire acaban acariciando a la otra, provocando un inevitable movimiento que resulta ser en la misma frecuencia que la emisora. Y dos instrumentos perfectamente afinados suenan el doble de potentes, es física pura. Tus vibraciones me hacen bailar a tu ritmo. Mis vibraciones te hacen bailar al mío. Pero tampoco esos pensamientos positivos funcionan.

Trato de recordar cómo fue mi vuelta, qué sentía, qué hacía y cómo lo hacía. De qué hablaba con mis amigos, en qué me centraba, qué ilusiones tenía de cara a un verano que, a pesar de la que nos está cayendo resultó ser el momento más dulce de los últimos años. Posiblemente el mejor de cuantos he vivido (mascarillas inclusive). Y tampoco me funciona.

Sólo tengo en la cabeza las notas de una melodía cargada de romanticismo, dulzura y esperanza; bienes que brillan por su escasez hoy. Una melodía que no consigo quitarme, que dice que todo invierno pasa, y espero con todo mi corazón que vuelva la alegría que esa música describe. Que vuelvan las fiestas a todos los pueblos, el amor a los tejados y que los enamorados, dándose la mano, abrazados en un solo ser volverán a mirar a la Luna y a las estrellas. En cualquier pueblo en las montañas. Pensar en eso sí que funciona.


Lau teilatu gainian

Ilargia erdian, eta zu

Goruntz begira,

Zure keia eskuetan

Putzada batekin... putz!

Neregana etorriko da

A berriz izango gara

Zoriontsu

Edozein herriko jaixetan.




jueves, 3 de diciembre de 2020

Lo sientes

 Cuando llega el crepúsculo,

cuando el cielo te arranca los últimos rayos de luz,

cuando nubes gris plomizo besadas por el viento del norte te acarician,

lo sientes.


Cuando en el calor de tu casa,

sentado, cómodo, sin amenaza alguna,

sientes que la luz se te escapa del pecho,

lo sientes.


Cuando el hilo rojo que te une,

se vuelve tirante, amenazando con romperse,

amenazando con revolver tus vísceras para siempre,

lo sientes.


Cuando los ojos se van abriendo,

y ese mundo de ensueño que construiste se desmorona,

dejándote de nuevo desnudo ante una realidad,

lo sientes.


Cuando crees comprender, conocer, saber cómo funciona todo,

poder prever dónde irá tu rumbo,

llega el viento invernal traicionero y vuelca tu velero, dejándote a la deriva,

lo sientes.


Sabes que podrás nadar hacia la costa, ponerte a salvo.

Sabes que igual serás capaz de llegar a puerto aun sobre la quilla de tu barco.

Sabes que igual la tormenta está dentro de tu cabeza.

Pero aún así lo sientes. Y duele.

jueves, 3 de septiembre de 2020

Vientos de cambio

 Suavemente, despacio, volando imperceptiblemente. Como una ligera brisa que, en una mañana de verano va ganando fuerza y se convierte en un viento huracanado.

Dulcemente, acariciando mi ser, mi piel. Besando cada palabra que sale de mi boca.

Así has llegado, así me has ido desnudando el alma, mostrándote como algo que aún no puedo creer que exista.

Quitándome restos de coraza que, aunque enquistados van saliendo poco a poco. Fragmentos que a veces pueden herir al sanador/cuidador que trata de hacer su trabajo lo mejor posible (y al que su paciente trata de morder al confundir una caricia con un posible daño). Y aún así, queriéndome cada día un poco más pese a conocer cada oscuro rincón de mi ser. Hermosa paradoja en estos días de las relaciones de usar y tirar, del querer poner poco esfuerzo, del quedarse anquilosado y sobre todo, de la eterna búsqueda del placer instantáneo.

Hablando de buscar, un buscador busca patrones, estructuras preconcebidas para ayudarse en su día a día, y creo que mi fallo ha residido siempre ahí, porque al buscar patrones sólo encontré las mismas estructuras, los mismos problemas, la pescadilla mordiéndose la cola. Repitiendo día sí y día también los mismos viejos errores, los mismos fallos, los mismos comportamientos.

Lo más bonito es que no te esperaba, no te buscaba, y, aunque estaba seguro de que existías no estaba seguro de haberte descubierto. Pero has llegado, nos hemos encontrado y existes. Y me has dejado descolocado, aún coleando como pez recién sacado del agua. O más bien como un anfibio primordial que tiene un planeta entero por descubrir con sus recién ganadas patas. Patas que evolucionan en alas. Alas que algún día le llevarán a besar los cielos, acariciar las nubes y dejarse mecer por las brisas de verano. Vientos de cambio...




domingo, 28 de junio de 2020

Siete

Ha pasado un año desde que escribí mi última entrada en este experimento, cóctel explosivo de creatividad y procrastinación. Siento que traiciono a mis principios al no escribir a menudo, pero es que tampoco encuentro el tiempo, las ganas ni la motivación para hacerlo. Pero bueno, sorprendentemente esto sigue adelante, una pequeña entrada más, sin nadie que lo lea (qué tristeza).

Siete años ya, sí. Siete años de altos, bajos, esperas, reencuentros, holas, adioses, enfados, reconciliaciones... Pero la esencia de aquel día sigue envolviéndome. Lo mucho que aprendí con aquella lección de vida: el dejar de esconderme para luchar por lo que quiero, el aceptar las consecuencias de mis actos, y sobre todo el ver que, después de toda tormenta llega el verano (y menudo verano nos pegamos, ¿eh?)

Soy feliz. Más de lo que lo he sido en toda mi vida. Y, si bien reconozco que hay partes que me faltan, puedo sobrevivir sin ellas, puedo seguir caminando orgulloso de ser capaz de luchar contra el día a día utilizando el 50% del equipamiento de serie (y he ahí el mayor fallo de la gente: creer que todo lo que se les junta durante su vida acaba siendo de serie, cuando lo único que traemos es hueso, vísceras, sangre, músculo, piel, y nos basta para ser felices).

Voy a seguir con mi día a día agradeciendo cada pequeño paso hacia adelante, cada palabra dulce, cada abrazo de un ser querido (familia-amigos, no existe distinción). Intentaré escribir algo más, pero conociéndome mucho voy a tener que inspirarme...

Es verano.