Hasta aquí me trae el haber mirado el reloj y comprobado que es 28 de junio. Quizá haber tenido una noche tan extraña como la de ayer sea el augurio de que hoy es un día especial. Como lo fue el año pasado. Como lo fue el anterior. Y así hasta hace ya tanto tiempo. Ya no se trata de una fecha compartida, sino de algo personal, de un cambio de rumbo (de esos que tanta falta nos hacen y pocos saben apreciar o reconocer)
La concatenación de rarezas comenzó buceando por primera vez sin luz, en un mundo alienígena y sintiendo una de las mayores conexiones de mi vida con el medio, y es que ir a proa (como siempre hago) tiene una ventaja: estás mirando hacia un horizonte tan oscuro que se funde con el cielo nocturno, y que me hizo dudar si estaba saltando al agua o al infinito interestelar. Plancton, alevines, miles de calamares de apenas dos centímetros, especies que nunca antes había visto en su medio natural estaban nadando a nuestro alrededor dándonos la bienvenida a su mundo. Toda una cura de humildad para estos tiempos en los que todo lo desconocido nos supone una amenaza. Donde todo lo diferente, lo que no encaja con nuestra forma de ser nos ofende.
Quizá esa meditación subacuática propició la segunda parte de las rarezas de hoy: soñar con que me enamoraba a simple vista de una chica invidente, a la que, tras decirme "lo veo claro" yo le contestaba "lo esencial es invisible a los ojos, pero se ve con el corazón". ¿Qué es lo esencial para mí? ¿Qué está viendo mi corazón ahora mismo, sino un manto de oscuridad que sólo se ilumina por mi foco, por mi atención? Parece que por fin he dejado de ver un falso funcionamiento en este mundo, y aprecio el poder del caos que nos envuelve. Todo, absolutamente todo es caos. Y es fabuloso aceptarlo. Quizá la ceguera de la que me enamoré fue aceptar la realidad de que las cosas no son como las vemos, sino como realmente son, sin filtros, sin etiquetas, sin experiencia previa (mala consejera).
La tercera cosa rara fue despertarme con unos extraños ruidos procedentes de una caja del pasillo. Recordé al pequeño gorrión que rescaté ayer (tras verlo golpearse con un cristal dos veces) que, totalmente recuperado tras su contusión pedía volver a volar. Abrí la caja en la ventana, y salió tan feliz, como si nada le hubiese pasado. Qué símil más bonito para terminar una noche tan iniciática... Saberte curado, sano, entero y pedir volar. Aunque llueva. Aunque haga frío. Porque te conoces tanto que aceptas todo lo que te traiga el presente, y sabes que, la oscuridad tiene su punto terapéutico: volver a la matriz, recomponerte y alzar el vuelo muy alto. Para fundirte con las estrellas, a las que puedes llegar haciendo un salto de fe hacia las aguas más oscuras.
Y hace ocho años comprendí el poder del increíble valor de los saltos de fe: si te asusta, si puede salir peor que mal, si es algo que puede incluso llegar a destruirte... obsérvalo. Siéntelo. Siéntete. Todo en la vida puede encajar en esta descripción, y en la mayoría de los casos son tus miedos los que te hacen pensar todo ese mal.
Y si eres capaz de aceptar tu miedo. Si a pesar de todo el riesgo la posibilidad de volar hace que sientas fuego en tu vientre no dudes y salta. Es la manera de sentirse totalmente vivo.
Gracias por enseñármelo.
Esta es para mí la banda sonora del Cabo Vidio