jueves, 5 de agosto de 2021

Plenitud y vacío

La playa está llena, con cientos de voces simultáneas que se funden como en una sinfonía con el canto de las gaviotas y el bajo continuo de la mar. Esas ondas, constantes, dulces, que acarician las rocas y llenan el aire de pequeñas gotas que lo perfuman con el más dulce de los olores (al menos para los que somos hijos del Cantábrico).

Es un contraste poético poder ver tanta plenitud, tanta alegría al ver el cielo azul y al mismo tiempo pintado de nubes grises que en ocasiones parecen querer descargar sobre nosotros, enturbiando esta perfección estival.

Es otro contraste el ejercicio introspectivo de ver uno de los momentos más dulces que recuerdo en mi vida, una galaxia de sueños cumplidos siendo amenazada por un agujero negro, de esos que tragan toda la materia e incluso la luz. Sí, soy feliz, pero me falta algo.

Soy perfectamente consciente de que no existe la plenitud en esta vida, y que todo consiste en aceptar las cosas buenas (y mi alegría surge precisamente de eso mismo). Pero ¿qué hay de esos anhelos, de esos sueños, de esas alegrías compartidas? ¿Qué hacer cuando no te sientes ni de aquí, ni de allí? ¿Cómo reaccionar cuando la soledad que tanto aprecio deja de ser un bálsamo para pausar el mundo y se convierte en un fantasma que te devora por dentro?

Pero no os confundáis. Para mí existe la alegría, existe la plenitud. La tengo en solitario y la tengo con amigos. Pero aún me falta esa constante, esa persona que lea este texto, me comprenda y sepa que todos somos luz y oscuridad, y que soy perfectamente capaz de volver al gris, tras haber mostrado un atisbo de mi lado oscuro durante los peores días de mi vida. Quien es capaz de escuchar mis miradas, ver dentro de mis sueños, acariciar con palabras. Ese ser con quien compartir esta luz que tanto me dicen que desprendo.

Hoy la playa seguirá llena de vida y adornada con su música estival, para dentro de unas semanas dar paso al silencio y luces mortecinas del otoño y más adelante unir en un solo ser al frío, rugidos y furia del invierno. Tras ello siempre volverán la vida y la paz primaverales. 

Pero como siempre, y gracias al cielo volverán de nuevo esos sueños estivales, en los que nos deslizaremos con las dulces corrientes, mientras flotamos en un mar de rayos dorados, puesto que la vida es mucho más que un sueño, aunque la mía en el día de hoy sólo quiera soñar con estíos de antaño, que aún hoy se antojan inmejorables.

Esa dulce, única razón.