lunes, 15 de febrero de 2021

¿Qué es el miedo?

Cuenta una versión de una leyenda griega que el héroe Teseo, hijo del rey de Atenas se embarcó voluntariamente hacia la isla de Creta para ofrecerse como ofrenda al Minotauro, monstruo mitad hombre mitad toro que habitaba en un laberinto bajo el palacio del rey Minos, y al que anualmente se debían ofrecer siete jóvenes y siete doncellas como sacrificio. Pero nuestro héroe tenía otra idea en mente: asesinar a tal abominación. Al llegar a Creta, se enamoró de la princesa Ariadna, la cual le dio un ovillo de lana como vía de escape del laberinto. La idea era que tras atar su extremo a la entrada del laberinto y adentrarse en el mismo fuese capaz de usar la línea extendida para encontrar la salida una vez derrotado el monstruo. El plan salió bien, se aferró al hilo de Ariadna y tras vencer y escapar se fugó junto a su amada princesa.

Pero la entrada de hoy no va de mitología clásica (que me encanta, por cierto), sino que esta historia (real) tuvo lugar hace una semana, no en la hermosa Grecia, sino en una cabaña perdida en el monte en el concejo de Caso, Asturias.

Tras acabar la cena les pregunté a mi hermana y a su amigo si querían venirse conmigo a dar un reconocimiento rápido por los alrededores de la cabaña. Llevábamos varios días viendo rastros sospechosos: huellas, excrementos, incluso heridas sobre un burrito que nuestro amigo tiene.
Prefirieron quedarse en casa, lo cual me parecía bastante normal con el cansacio de todo el día, pero yo, feliz de mí preferí salir. Sentir la adrenalina. Me llamaréis temerario, pero creedme: tenía plan b en forma de un coche abierto a diez metros de mi posición final.

Me calcé las botas, cogí mi pequeña linterna (que, tras esta experiencia ha sido relegada a plan b, y sustituida por un frontal de 2000 lúmenes) y un buen cayao, por si las moscas. La noche estaba fresca, sin luna, sin estrellas apenas (sólo con la corona rasa, así que "esperando la nieve na casa"). Mis botas se hundían en un barro recién ablandado por el continuo orbayar del día, y a veces amenazaban con hacerme resbalar. Me dirigí al generador, tiré del estrangulador y giré la llave del contacto para apagarlo del todo. Ya con el silencio al que dejó paso el ronroneo del motor de combustión seguí mi marcha, sintiendo cada paso. Suave, embarrado. Sin más ruidos que mis pisadas. Sin perros a mi alrededor (qué raro... se habían metido ellos solos a la cuadra). 

Seguí avanzando una decena de metros, y con cuidado abrí la cancilla de la finca donde está la cabaña en la que me quedaba. Bajé la luz al máximo, tapando el frente del haz para que sólo iluminase mis pies y me dejase hacerme a una oscuridad casi absoluta. Llegaba la última cuesta: unos cinco metros de piedra y barro, en los que me esmeré al máximo por mantener mi luz lo más escondida posible, y mis pasos prácticamente inaudibles, camuflados por el murmullo del río que bajaba cargado por el deshielo. Al llegar a la valla del cercado del burrito respiré hondo. Sabía que no vería nada. 

Pero no. Algo había.

Iluminando hacia la izquierda dos pares de ojos devolvieron el haz de la linterna. Luego otro par. Luego otro. Me esforcé por adaptar mi visión en reconocer la posición de los ojos: visión periférica, ojos laterales = bien, presa. Pero visión estereoscópica, ojos al frente = mal, depredador. Y cinco pares de ojos de depredador me observaban, agazapados en la hierba. Seguramente ellos sintieran más miedo que yo, pero creedme: mi mano izquierda comenzó a temblar, alimentada por el chute instantáneo de adrenalina que me pedía salir corriendo. 

Y es ahí donde conocí al miedo. Donde en vez de huir de él decidí plantarle cara. Donde supe que si corría, sería una presa más (con el seguro del coche sin cerrar a diez metros, of course). No. Esta vez quise hablar con el miedo, al igual que he hecho en otras ocasiones (básicamente, en cada inmersión este verano... sobre todo en la última con visibilidad cero).

Mantuve mi foco firme, desafiante. Intenté ver siluetas, pero sólo percibía cinco pares de ojos que me observaban, quietos, agazapados por la sorpresa. De pronto uno de ellos, el de la derecha del todo se levantó tranquilo, giró y subió por una linde del camino hacia la derecha, cruzando el prado monte arriba. Con su ida y la del resto del grupo pude ver el perfil y la increíble cola y porte del lobo ibérico por primera vez en mi vida. Y con su marcha se fue el miedo y se quedó el agradecimiento por la lección aprendida. Porque aprendí algo muy valioso.

Había un pequeño hilo rojo, una línea de vida imperceptible dejada por Ariadna, que me hizo seguir avanzando en aquel laberinto plagado de terrores, que mi mente sola generaba. Que trataba de hacerme ignorar las cosas que he aprendido a lo largo de los años. Pero esta vez preferí abrazarme a ese regalo de la vida y confiar en que todo saldría bien si hacía las cosas como sé.

Y el regalo de los lobos fue darme cuenta de que, frente a cualquier monstruo, real o irreal siempre existe un hilo que hemos dejado a lo largo de nuestra existencia, que podrá estar sucio, enredado o incluso a punto de romperse, pero que está ahí. Siempre. Sólo hay que respirar profundo, confiar en él y saber que tarde o temprano lograremos salir del laberinto tras haber derrotado al miedo. 
Que al fin y al cabo es tan sólo un sentimiento que bien entendido nos mantiene fuertemente aferrados a la vida.




martes, 2 de febrero de 2021

Querida niña de los ojos alegres:


Hoy celebramos algo más que el hecho de que la Tierra se encuentre (más o menos, obviando los bisiestos) en el mismo punto de su órbita que cuando llegaste a este mundo. En estos tiempos tan oscuros tenemos que celebrar que, pese a todo, seguimos aquí, luchando contra viento y marea, disfrutando de todas las cosas buenas que este, nuestro mundo nos ofrece. Es nuestro deber, celebrar por todos aquellos que ya no nos acompañan, y por encima de todo, por nosotros mismos (doble celebración, doble alegría).


Celebro este día porque el hecho de llegases a este mundo me ha permitido conocer a uno de los seres más especiales con los que he tenido el privilegio de cruzarme en todas las vueltas al sol que he vivido, y aunque se me hiciese breve, te prometo que ese tercio de vuelta compartido contigo no se irá jamás de mi memoria.


Pero volviendo al grano, hoy celebro que estás aquí, porque con eso, y sin hacer nada logras que vea el mundo de otro color. Sepa que aún queda gente maravillosa por la que merece la pena dejar la comodidad y bajar a tomar (tarde) un café. Saber eso me reconforta más que nada, porque me da ganas de seguir, ganas de mejorar, de luchar, de perfeccionarme. Celebro tu vida, celebro que te quedan miles de amaneceres en los que, como en un lienzo en blanco, puedas pintar cada día de los colores, formas y texturas que te plazca. Que puedas rellenar la partitura de la rutina con la melodía de tu voz, haciendo acordes junto a tantas personas que te quieren (queremos). Celebro que, aunque tú no lo sepas, eres puro arte. Una hermosa conjunción de química, células, órganos, sentimientos, alma y ese algo que te hace ser mágica a mis ojos. En resumen: celebro la magia que te envuelve.


Aunque el momento no esté para celebraciones físicas (ya estoy harto de este maldito contexto que todo lo arruina) hoy mi corazón es una fiesta en tu honor. Hoy me salto todas las restricciones, ignoro todas las malas noticias, olvido todo lo malo vivido en los últimos meses y vuelo para celebrarlo contigo, como te mereces. Querría haberte dicho estas palabras al oído, mirarte a los ojos y ver una sonrisa dibujarse en tu cara. En serio que quería poder regalarte una sonrisa cada día, poder pintarte mil carcajadas, pero no pudo ser. Sólo quiero que tras releer esto, si es que lo haces mis palabras lo consigan.


Feliz cumpleaños




Añado: aunque esa sonrisa triste del pasado no sea la característica que mejor te defina, sí que hay una que lo hace. Eres la persona más capaz del mundo de sonreír con la mirada. Aquellas primeras fotos que vi de ti me lo demostraron. La mascarilla cubre tu sonrisa, pero el brillo que alcanzan tus ojos hacen que se le alegre la vida a cualquiera que los mire. Gracias por tantas miradas cargadas de alegría. Gracias, por todo.
Siempre tu principito.