Siempre me ha gustado mirar a las estrellas.
Recuerdo que de niño, en uno de los campamentos organizados por el ayuntamiento me quedé durmiendo a posta con la cabeza fuera de la tienda. Estábamos en la Vega de Enol, en pleno parque de Picos de Europa, y ver un cielo así fue una epifanía.
También recuerdo un planetarium a pilas, regalo de alguna navidad que ponía noche sí y noche también hasta fundir la bombilla que me traía (qué pena no tener un par de LEDs de aquella…). He suplido su ausencia gracias a uno de los mejores regalos de cumpleaños de mi vida: el planetario Homestar Pro de SEGA (dormirse bajo un manto de estrellas tiene algo, de verdad).
Años después, empecé a verlas como una guía en una vida cambiante, con grandes golpes, grandes ilusiones y grandes desilusiones. Subía al mirador de La Formiga a ver Draco tumbado sobre el capó del Corsa (qué recuerdos con ese coche…), buscaba la estrella polar, me dedicaba a localizar a Perseo durante las Lágrimas de San Lorenzo… Y oye, sigo viéndolas como guía.
Hace dos años, se fue mi padre. Quien había sido una columna vertebral para la familia, con nuestros problemas, pero siempre con esa admiración mutua se convirtió en una estrella para mí. Cada vez que miraba a Polaris le veía a él. Cuando tenía dudas o tristeza, trataba de abrir una ventana, me sentaba cinco minutos a fumar o pensar y le contaba todo (y creedme o no, siempre recibí respuesta, por imposible que parezca).
Hace diez días se fue uno de los motivos de mi vuelta a Asturias, mi abuela. Y también aterrizó en Polaris. El 31 de diciembre terminó un año de contrastes, de transición, de miedo, pérdida, angustia, caos… pero también de firmeza, propósito, valor, aventura, pero sobre todo amor. Al terminar el maldito programa de José Mota vi la dedicación a nuestros mayores fallecidos, soltando un bofetón de realidad que aún me estremece: “nunca una generación dio tanto habiendo recibido tan poco”. Esa frase me inundó los ojos y me tuve que ir a respirar al balcón. Miré al cielo y la vi. Polaris. Siempre firme, siempre al Norte. El Norte…
Pero resulta que la luz de las estrellas, esa que tanto me gusta, esa que me guía, por muy rápido que vuele, tardará años, decenios, siglos, milenios… en llegar hasta mi retina desde esos distantes soles. Es una luz del pasado, es un eco de otras vidas, posiblemente de las nuestras, posiblemente de la de nuestros mayores. Es una luz que partió en 1589 (allá cuando la famosa contraarmada de la que los británicos no hablan, y los españoles tampoco). Es una luz muerta. Pero aún así… me guía.
Entonces pensé: ¿pero… entonces el pasado me condiciona? Puedes creer en el horóscopo. Puedes pensar que la posición de formas escogidas arbitrariamente hace miles de años condicionarán tu vida si la forma X estaba alineada en la posición de salida del Sol el día de tu nacimiento. Puedes hacerlo… o no. Al igual que puedes creer firmemente que tu pasado te condicionará toda la vida, o bien lo usarás a tu favor para aprender y crecer. Y oye, resulta que eso me lleva funcionando ya varios años (cinco, para ser exactos).
Uno no es lo que fue. Uno es lo que es, y su pasado, la luz que algún día emitió, puede y debe ser usado para guiarse, pero no vivir mirando a él, porque se puede perder el amanecer. Agradezco mi pasado, quienes fueron parte de él, quienes son aún parte de mi presente y quienes tengan que venir en el futuro, porque todo fluye, todo es cuestión de ciclos. Luz y oscuridad. Día y noche. Paz y violencia. Vida y muerte. Pocas cosas son constantes en este universo.
La luz de algunas de las estrellas a las que miramos puede haberse ya extinguido y no lo sabremos hasta dentro de mucho tiempo. Pero existe esa pequeña constante, ese impulso que te guía a mirar arriba y sonreír al ver tus amadas estrellas, a recordar a quien amas pese a su marcha, a desear días mejores junto a quien amas aquí en la Tierra, a querer a tus amigos y familia con todo tu corazón. Eso, amigo es el amor…
...y es la única constante.
