Cuando llega el crepúsculo,
cuando el cielo te arranca los últimos rayos de luz,
cuando nubes gris plomizo besadas por el viento del norte te acarician,
lo sientes.
Cuando en el calor de tu casa,
sentado, cómodo, sin amenaza alguna,
sientes que la luz se te escapa del pecho,
lo sientes.
Cuando el hilo rojo que te une,
se vuelve tirante, amenazando con romperse,
amenazando con revolver tus vísceras para siempre,
lo sientes.
Cuando los ojos se van abriendo,
y ese mundo de ensueño que construiste se desmorona,
dejándote de nuevo desnudo ante una realidad,
lo sientes.
Cuando crees comprender, conocer, saber cómo funciona todo,
poder prever dónde irá tu rumbo,
llega el viento invernal traicionero y vuelca tu velero, dejándote a la deriva,
lo sientes.
Sabes que podrás nadar hacia la costa, ponerte a salvo.
Sabes que igual serás capaz de llegar a puerto aun sobre la quilla de tu barco.
Sabes que igual la tormenta está dentro de tu cabeza.
Pero aún así lo sientes. Y duele.