Resulta poético que la semana de temporal que llevamos haga que lo sienta por fuera y por dentro. Aire, frío, oscuridad. Rumbos perdidos, primaveras abortadas, miedo. Siempre prediqué que la tormenta puede descolocar tu barco, pero con un rumbo fijo acabas llegando tarde o temprano, por mucho que la marea y los vientos hagan cambiar la derrota del barco. Por ello estoy intentando decirte sin contarte directamente que estoy buscando una receta para seguir navegando en estos días aciagos.
La mente dice ¡vamos!, el cuerpo dice “bueno…”, pero el corazón dice que no. Intento acallar su voz, sus latidos, que deje de decirme su parecer. Intento no pensar en cientos de hipotéticos escenarios futuros que muestren cómo se resolverá todo, cómo vuelve a nacer la ilusión. Cómo llegar a conseguir en el menor tiempo posible un status quo que me permita vivir en mi tan ansiada paz, y dejar salir a la persona que realmente soy, esa que tanto te gustaba abrazar bajo el sol, bañados en salitre... pero no funciona de ninguna de las maneras.
Pienso en escribirte, en escuchar tu dulce voz, en que me digas que todo saldrá bien, que somos dos afortunados por habernos encontrado en un momento tan duro. Pienso en la sorpresa y admiración que sentías por haber coincidido con alguien con quien el encaje y el compartir salían tan fácilmente, tan natural. Me consuela saber que exista alguien como tú en este planeta, sí. Pero tampoco funciona hoy.
Recuerdo que igual la distancia sí que logra bajar la afinación de una estridente cuerda antes de que se rompa (deja una guitarra sin tocar unas semanas y verás). Recuerdo también que si ambas cuerdas quieren, si ambos intérpretes buscan un nivel intermedio acaban afinando y como dije, sonando en simpatía. Las vibraciones de una, transportadas por el aire acaban acariciando a la otra, provocando un inevitable movimiento que resulta ser en la misma frecuencia que la emisora. Y dos instrumentos perfectamente afinados suenan el doble de potentes, es física pura. Tus vibraciones me hacen bailar a tu ritmo. Mis vibraciones te hacen bailar al mío. Pero tampoco esos pensamientos positivos funcionan.
Trato de recordar cómo fue mi vuelta, qué sentía, qué hacía y cómo lo hacía. De qué hablaba con mis amigos, en qué me centraba, qué ilusiones tenía de cara a un verano que, a pesar de la que nos está cayendo resultó ser el momento más dulce de los últimos años. Posiblemente el mejor de cuantos he vivido (mascarillas inclusive). Y tampoco me funciona.
Sólo tengo en la cabeza las notas de una melodía cargada de romanticismo, dulzura y esperanza; bienes que brillan por su escasez hoy. Una melodía que no consigo quitarme, que dice que todo invierno pasa, y espero con todo mi corazón que vuelva la alegría que esa música describe. Que vuelvan las fiestas a todos los pueblos, el amor a los tejados y que los enamorados, dándose la mano, abrazados en un solo ser volverán a mirar a la Luna y a las estrellas. En cualquier pueblo en las montañas. Pensar en eso sí que funciona.
Lau teilatu gainian
Ilargia erdian, eta zu
Goruntz begira,
Zure keia eskuetan
Putzada batekin... putz!
Neregana etorriko da
A berriz izango gara
Zoriontsu
Edozein herriko jaixetan.