domingo, 20 de diciembre de 2020

Winter is coming

La vida es como las estaciones del año.
Hay primaveras que nacen en verano, veranos que duran todo un otoño e inviernos que se adelantan y llenan de escarcha el final del verano. Pero... nos faltó un otoño.

Soy un hijo de esa estación. Nací en noviembre, a finales. La época en la que la luz va desapareciendo paulatinamente hasta que te sorprendes teniendo que encender las luces a las seis de la tarde (bendito sea ya puestos, en comparación con encenderlas a las tres...) La estación donde la vida va muriendo poco a poco, demostrando que no todos los finales son duros, sino que pueden estar teñidos de colores y sentimientos intensos. Donde la luz del atardecer cobra un doble sentido, cual parca que va segando las hojas de los árboles.

Es en el otoño donde nos preparamos para el duelo (o la calma, o la introspección) que nos trae el invierno. Siempre esperando por una nueva primavera, anhelando el verano. Pero, tras siete años de inviernos largos y realmente duros (me dan la risa los de aquí, sureños) he aprendido a amar verdaderamente a esta estación. La calma de la nieve cubriendo todo despacio. Su tesón (véase mi post "Si la nieve") o la pureza que trae, son algunas de las muchas cualidades que el invierno nos regala. No se trata de verlo todo con negatividad, ni tampoco con positividad forzosa (a mí dame playa, que de frío tuve ya mi ración para ocho vidas) pero de aceptar que el invierno llega, y que después de él la vida renace, por lo general de forma explosiva (ayer mismo vi yemas tempranas en las ramas de algunos árboles). Es inevitable, como todas las demás estaciones. Aún así, nos falta un otoño.

Es en este invierno adelantado (a falta de trece horas para el solsticio) donde me dejo llenar de la paz que los inviernos suecos me enseñaron, recordando la nieve trapeando en Luleå, la ventisca mientras volvía a casa del trabajo a las once de la noche (dejándome la barba blanca, blanca). Es cuando recuerdo la magia de entrar al bosque helado, donde el silencio sólo es roto por el lento crepitar de los troncos de los majestuosos pinos y abetos, que acompañan al silbido de la brisa como los contrabajos y cellos acompañan a los violines y violas. Es cuando recuerdo el subidón que me dan el olor a chimenea en las montañas de León, el del vino calentito en Alemania, el estar debajo de una mantita mientras estudiaba con mi gato Wilson pidiéndome mimos. Pero nuestro otoño me falta, y mucho.

Me falta porque me dirá muchas cosas sobre nosotros, me hará ver los colores de las hojas que no vi, disfrutar de los atardeceres donde el cielo arde, del olor a castañas asadas, de fayeos en los que la nieve se ve sustituida por un mar de hojas que amortiguan los pasos del caminante que, en un esfuerzo por conectar con la naturaleza, con la esencia que le inspira se aventura en esos dominios. Me falta porque ese otoño me puede enseñar cosas que creía bien aprendidas sobre mí mismo, pero que igual debo de continuar puliendo. Porque el otoño es, al fin y al cabo una catarsis necesaria, una reflexión, una preparación para los inevitables inviernos que la vida nos traerá.

Sé que en algún momento me regalarás ese otoño, como sé que nada deseo más que me regales muchas primaveras y muchos veranos más. Y por supuesto la paz de muchos inviernos, que creo haber dejado claro que no son para nada negativos.

Para mi primavera, mi viento de cambio.