Hacerse el tonto. O hacerse el sueco, como decimos en España. Una expresión que me gusta, como me gusta hacerme el tonto para ver qué tipo de gente me rodea.
Puedes comenzar a distinguir a aquellos que cree poder montarte a pelo, a los que te tratan con condescendencia (hay demasiados maestros de la vida a los que les faltan unas cuantas asignaturas y el proyecto). También ves a los que, de verdad se preocupan por ti.
Y a los ingenuos que, al verte flaquear creen ser más listos que tú. He ahí su error garrafal. Sus cortas entendederas no les dan para sospechar que, quizás estás soltando tu cebo y tu anzuelo. Y es demasiado tarde cuando ven que, efectivamente era todo una trampa. Y les has cazado.
Me encanta ver sus caras de vergüenza cuando no les queda ningún clavo ardiente al que agarrar sus manos hediondas, sucias de mentira y de autocompasión, haciendo que su máscara de falsas víctimas caiga arrastrándose como caspa de sus cabezas. Sí, es cierto que les das una lección, y que posiblemente hayas conseguido hacer de ellos mejores personas (lección número 1: nunca subestimes a tu adversario ni le dejes de respetar en ningún momento). Y también es cierto que tú te quitas un peso de encima. Pero en fin. Sus agusanadas vidas son suyas. Y a ti te queda el consuelo de que has logrado quitarte de encima el paraguas de sus mentiras que te impedía sentir el placer de la lluvia.
Eres libre.